Edición del Jueves 18 de agosto de 2005

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Edición impresa del 18/08/2005 | Opinión Opinión

El legado del poeta
Por Osvaldo Raúl Valli

En mayo último se cumplieron diez años de la muerte de Oscar Grandov, cabal exponente de esa especie en vía de extinción casi total que, a riesgo de generalizar demasiado, podríamos llamar humanista, síntesis de escritor, maestro y animador cultural cuya activa participación en la vida de su comunidad dejó, sin dudas, marcas perdurables. Un humanista que además ha vivido en una ciudad pequeña del (mal) llamado interior del país y por tanto signado a formar parte de esa ancha franja de creadores y estudiosos que alguien alguna vez con acierto denominó "voces del silencio". Sugerente manera de aludir a quienes por sobre la lejanía física y sobre todo simbólica de los grandes centros de producción, circulación y consagración de los bienes culturales, perseveraron y perseveran en el largo y costoso experimento, según el mismo Grandov, de ir encontrando un lenguaje propio y de hacerlo trascender más allá de marginaciones y aislamientos.

En este orden de cosas "Homenaje... (en memoria a Oscar, a diez años de su fallecimiento)", un libro de poemas que abarca distintos momentos del proceso creativo del autor nacido en San Genaro en 1930, es la palpable demostración de cómo el impulso intelectual y afectivo de un puñado de voluntariosos puede llevar adelante la empresa de devolver al cuerpo social el fruto del talento y el trabajo de uno de sus hijos más representativos. El testimonio en última instancia de que la mejor manera de sentirlo vivo y actuante, no ha de ser sino a través de su obra, el único instrumento quizá, capaz de garantizar perdurabilidad en el tiempo.

¿Qué surge en consecuencia de las piezas incluidas en el volumen? ¿Es posible encontrar algunas líneas que permitan adentrarse en la complejidad semántica y simbólica de la lírica del autor? Ampliando lo dicho precedentemente, una lectura detenida de cada uno de los poemas pone de manifiesto que el término "literatura" para nuestro poeta lleva implícito, a modo de trasfondo ideológico espiritual, un recorrido interior erizado de búsquedas y de esperas, caídas y resurrecciones, de expectativas cumplidas y ansias no saciadas, plenitud de vida pero también preanuncio de muerte ("me yergo sobre un cataclismo de palabras, de pieles, de lágrimas"). La historia de un alma en suma planteada a través de una poética que al integrar lo físico con lo metafísico, la vivencia profunda del espacio con la dimensión religiosa, pone de manifiesto la especial tonalidad de una voz creadora empeñada no sólo en "en el oficio de traducir el tiempo", sino en penetrar en el mítico lugar sagrado donde se suscitan todas las preguntas y se intentan descifrar todos los enigmas que acosan la existencia. A veces actos simples del acontecer representados a través de una típica escena campesina, el nacimiento del ser querido, la contemplación de una vieja fotografía o la reminiscencia de "...mamá cigüeña" constituyen prueba fehaciente de la capacidad de Grandov para transmutar en materia lírica apegos entrañables, inquietudes estéticas, chispazos de nostalgia o problemáticas de fe y otorgarles sentido a partir de una lectura de realidad abierta a los insondables misterios que desafían los límites reducidos y siempre provisorios de la racionalidad humana. Más aún en esa disponibilidad permanente por los llamados de un Absoluto que no por esquivo deja de ser apetecido, se desprenden sugerentes motivos para la meditación lírica sobre avatares de la vida: desde el regreso de los primeros asombros a la afirmación de un presente comprometido con su espacio y su tiempo, desde el descubrimiento de las cosas sencillas al desafío de "humanizar" la muerte ("activa y contemplativa como un ama de casa").

Pasos necesarios en última instancia para la consumación del largo y costoso experimento ("vía riesgosa que trabaja en el alambique interno del poeta" al decir de Graciela Maturo) de gestar un orden lírico múltiple y heterogéneo en el que prevalece una actitud poética dialogante, plasmada en dimensión de memoria y también abierta a un tiempo de novedad, de promesa, de espera. Un orbe de rasgos propios a poco se advierta la predisposición del creador a enfatizar el estado de comunicación profunda entre el yo lírico y el mundo, entre el hablar del poeta y un otro con quienes conversar y a quien se solicita, alaba, ruega e incluso alecciona. Para ello se vale de un virtualmente receptivo que tanto puede asumir la figura del Señor "que nos tiene aquí desgarrados y ofrecidos", como aparecer a través de la imagen recobrada de la figura paterna ("árbol firme y coposo en todo tiempo donde apoyé incontables zozobras cotidianas"), irrumpir mediante la imagen de ella, símbolo de todas las posibilidades amorosas en los planos terrestre y celeste, o transformarse en la recreación de la parábola del hijo pródigo de vuelta al pueblito: "no me preguntes nada... no pidas justificación a mi regreso... deja que mi corazón se reencuentre en tu silencio".

Toda una metáfora para dejar sentado que este "regreso" de Oscar Grandov no tiene sólo el valor de homenaje, sino que en su sentido más pleno conlleva la invitación a encontrar en los profundos veneros de su obra, motivos para meditar sobre el origen y el destino, el amor y la muerte, la finitud y la eternidad.





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