Después de más de 1.200 días de desencuentros, el arco agroempresarial del país salió a "proteger" la gestión de Roberto Lavagna, con quien discutieron, se enfrentaron y hasta amenazaron, desde alguna base gremial, con paralizar el comercio cárnico nacional, incluyendo el de granos y hasta el de las economías no tradicionales.
No fue casual. La renuncia forzada del ministro de Economía y su reemplazo por la virtual pupila del funcionario llevaron a que desde todos los estamentos del sector agroalimentario del país se produjeran reuniones febriles para saber cómo seguirán las cosas.
Ahora, cuando a pesar de las diferencias y las broncas, sabían que la posibilidad de dialogar, en términos adultos y arteros, no era tan remota. Ahora, cuando comenzaban a digerir que una búsqueda de consenso no era una utopía, sino una realidad que, de alguna manera, se daría en algún momento.
El caso es que no quedó sector que no se abroquelara en sus filas -producción, comercio, consignación, industria y exportación- para reconsiderar que los días que se acercan, a esta altura del año, no eran los mejores como para cambiar el caballo en la mitad del río.
Si Lavagna fue el Paraná embravecido y levantó oleajes de más de cien metros de profundidad, por lo menos sabían que allí había un timonel, cuya función hoy se diluyó en fracción de segundos... y la embarcación, para muchos, quedó a la deriva.
Nadie o muy pocos suponen que Felisa Miceli está hoy en condiciones de revisar y retrotraer las medidas que triplicaron las retenciones a las carnes y a los lácteos. Muchos menos son los que presagian que los gravámenes a los commodities agrícolas se reconsiderarán, de cara a una ronda de la OMC, para reposicionar al país frente al devastador proteccionismo internacional.
Sin embargo, aseveran que con Lavagna "era posible", ahora que se fue, despedido elegantemente por el presidente Néstor Kirchner.
Quizá porque Miceli les parezca más "accesible" o propensa a escuchar las palabras del jefe de Estado, aunque reconozcan que el presidente, desde que asumió, les mostró la mayor indiferencia que los hombres del campo y la agroindustria hayan recibido.
Cosas que tienen las despedidas. El que se va siempre parece ser mejor que lo que vendrá. Al fin y al cabo, confían en que habrá cambios y vientos favorables para ellos, o para algunos.
Es cuestión de tiempo, mientras la flamante ministra de Economía designada, por primera vez una mujer en el Palacio de Hacienda, decida quiénes serán los hombres que la acompañarán en la segunda línea de mando en la cual, se presupone, no estaría el todavía secretario de Agricultura, Miguel Santiago Campos, un hombre que llegó al cargo de la mano de Felipe Solá y luego se sostuvo en los hombros de Lavagna.
Es cuestión de días y no son muchos los nombres que se barajan. Casi podría decirse que el cargo de Campos transita el breve camino que separa a Carlos Cheppi, presidente del Inta, de Javier de Urquiza, el todavía subsecretario de Agricultura, Ganadería y Forestación, dos hombres del riñón kirchnerista o "sureño", como dicen sus allegados.
Ambos lo niegan. Miceli definirá la situación y, a partir de entonces, quizá finalicen las reuniones febriles que se suceden entre todos los integrantes de la cadena agroalimentaria del país.