Unos 365.000 ciudadanos chinos (un 47 % más que en 2004) participaron este fin de semana en los exámenes de acceso a puestos de funcionario, unas pruebas que en China tienen más de 1.500 años de historia.
Los opositores competían por 10.282 puestos de la administración central (sin incluir las regionales o locales), lo que significó 35 aspirantes por cada plaza como media, aunque para los mejores puestos había hasta 2.000 aspirantes por plaza, según la agencia oficial china Xinhua.
"La fuerte presión que hay actualmente en la búsqueda de empleo en China hace que aumente el número de opositores", señaló un experto.
China fue una de las primeras civilizaciones que, en lugar de restringir los puestos gubernamentales a la aristocracia, abrió a ciudadanos de a pie la posibilidad de formar parte de los mecanismos de la administración del Estado. En la dinastía Ming (siglos XIV al XVII), un 47 % de los funcionarios estatales procedía de la clase baja.
El sistema de oposiciones chino se basa en los pensamientos de Confucio, el filósofo más importante de esa civilización y todo un revolucionario en su época (siglos V-IV aC), quien recomendó una sociedad "meritocrática" en la que gobernaran los que demostraran ser más hábiles, no los herederos de privilegios.
Las ideas de Confucio no fueron muy apreciadas por la aristocracia de su época, y sólo fue a partir del siglo VI dC, mil años después, cuando se instituyeron los exámenes imperiales (aunque ya hubo pruebas similares en el siglo II, durante la dinastía Han). En la dinastía Ming los aspirantes a funcionario pasaban hasta 72 horas seguidas realizando los interminables exámenes, rigurosamente vigilados y encerrados durante semanas en unas celdas para evitar todo contacto y ayuda del exterior.
El aislamiento no impedía el uso de "chuletas" (se han encontrado ejemplos con siglos de antigüedad), pues todo valía para lograr un empleo como funcionario estatal o "jinshi", uno de los mejores puestos de trabajo en la China imperial (junto al de eunuco).
Algunas de las principales asignaturas que debían dominar los aspirantes eran la poesía, los clásicos de la literatura china y la caligrafía, por lo que muchos de ellos se convirtieron en grandes artistas, más que en administradores.
Los aspirantes pasaban años consagrados al estudio del Derecho, la Historia y diversos aspectos de la cultura china, de tal forma que acababan aislados del mundo exterior e, incluso, hablaban un lenguaje poético muy difícil de entender por la gente de la calle.
En algunas épocas, los exámenes eran tan duros que sólo un 2 % de los aspirantes aprobaba cada año, por lo que había estudiantes que lo intentaban durante décadas, incluso ancianos, y no eran raros los suicidios de aquellos que no pasaban las pruebas.
El sistema era positivo en la medida en que permitía a una gran parte de la sociedad china entrar a formar parte de la "nobleza" de los burócratas. Pero los años de encierro que pasaban los estudiantes impedían que, más tarde, en caso de superar las pruebas, fueran gobernantes cercanos al pueblo.
En épocas de decadencia, además, el sistema de oposiciones cayó en la corrupción, y los aprobados literalmente se vendían a las familias que pudieran pagar más por ellos.
Según expertos en política china, el país intenta recuperar en parte el sistema de oposiciones imperiales como forma de captar "cerebros" con ideas nuevas, que no militen en el Partido Comunista.
En China hay unos 30 millones de funcionarios, que en las seis décadas de régimen comunista han gozado de ventajas sobre otros estamentos sociales, y fueron conocidos como los "tazones de hierro", expresión que subraya que tienen la comida asegurada todos los días, frente al resto (los "tazones de barro").
Por encima de ellos estaban los altos cargos comunistas ("tazones de oro"), aunque la revolución social que trajo la reforma económica, con el fomento del sector privado, acabó con el sistema de clasificación social por tazones.
Los chinos suelen quejarse de que el trabajo de los funcionarios es alienante, lo que les da fama, como a sus antecesores en la época imperial, de personas alejadas de la realidad social y poco dispuestas a ayudar a los ciudadanos.
Desde 2003, se eliminó el carácter vitalicio del puesto funcionarial, orden que fue dada por el Ministerio de Personal para mejorar la eficiencia de los trabajadores públicos.
En los años del comunismo planificado, el sueño de las familias chinas era colocar a su hijo en un puesto de trabajo estatal, pero, ahora, lo que buscan es que su hijo estudie en la universidad, luego en el extranjero, y que más tarde regrese para trabajar en una multinacional, donde los sueldos son mejores.