Entre la ignorancia, la inocencia, y la intencionalidad ideológica, en los medios de comunicación discurren profusamente y casi a diario, afirmaciones de todo tipo y color que involucran a la vida en el planeta. Y, según los casos, reflejan o crean sensaciones de incertidumbre, temor y frustración respecto del futuro ecológico, climático y biológico del medio en el que vivimos.
Días pasados leí en El Litoral una nota que expresaba preocupación por el futuro de los bosques. En ella se hablaba, al mismo tiempo, de equilibrio natural, calentamiento global y pérdida de biodiversidad. Entre tanto, en otra nota y en otro diario se hablaba del riesgo de los bosques del planeta por el crecimiento chino, con especial impacto en el consumo de papel.
En realidad, todas estas afirmaciones son como el cuento del "viejo de la bolsa", destinadas a asustar a chicos e ignorantes; y en muchos casos, a sustentar campañas de oposición al desarrollo más allá del análisis de su sustentabilidad ambiental, acción que luego suele adoptar la forma de puebladas instigadas por la demagogia.
La ecología es en realidad una ciencia muy nueva, altamente interdisciplinaria, con una fuerte interacción de la paleontología, la antropología, la biología y la estadística, entre otras ramas del saber que le confieren certezas muy difusas y una constante evolución de hipótesis y teorías.
Sintetizando a algunos de los principales autores y divulgadores, podemos afirmar que se coincide respecto de la inexistencia de un "equilibrio natural", concepto reservado sólo a las teorías "creacionistas". En efecto, se interpreta que el desarrollo de la biota terrestre a lo largo de sus 3.500 millones de años de existencia, se ha dado entre procesos evolutivos (Darwin: "El origen de las especies" y sus seguidores) y procesos catastróficos, con secuelas de extinciones masivas. Al respecto existen registros paleontológicos de por lo menos 20 procesos de este tipo, cinco de los cuales tuvieron extraordinaria magnitud. Baste mencionar el ocurrido a fines del período Pérmico, que involucró al 97 % de las especies marinas. O el de finales del Cretácico -hace 65 millones de años-, que produjo la desaparición de los dinosaurios, dio lugar al predominio de los mamíferos sobre el planeta y, andando el tiempo, a la aparición del hombre sobre la Tierra.
Ninguna de las sucesivas composiciones bióticas ha sido equilibrada. En rigor, parten o terminan en catástrofes que generan mejores o peores condiciones para la competencia y, a partir de allí, adaptaciones evolutivas que expanden su desarrollo o las extinguen, en secuencias periódicas determinadas en muchos casos por el azar.
En función de estas afirmaciones, se debería tener presente que si nuestra actual realidad biótica -complicada sin duda por la capacidad transformadora del hombre- se midiera en términos de tiempo evolutivo, equivaldría apenas a una fotografía. Y esa fotografía revela el momento de mayor biodiversidad en el planeta, con aproximadamente 30 millones de especies. Por cierto, esta cifra debe evaluarse en un contexto evolutivo en el que, para el total de la historia de la vida, la estimación de los biólogos asciende a unos 30.000 millones de especies, de las cuales el 99,9 % ha desaparecido.
La aparición y desaparición de especies, los rangos y niveles de especiación, son connaturales a la vida en el planeta y a sus diversos procesos adaptativos. Por supuesto que el proceso competitivo lleva este doble mensaje y aceptarlo es entender el motor de la existencia.
En este proceso de especiación y adaptación, hace unos 500 mil años comienza a intervenir el hombre. Primero lo hizo a través de utensilios (homo habilis); luego, organizando procesos a partir de la inteligencia (homo sapiens), y, desde hace unos 50 mil años, mediante el desarrollo del conocimiento (homo sapiens sapiens). Los resultados han sido fenomenales. Tanto es así que, hoy día, sus conquistas permiten dar sustento a 6.500 millones de seres humanos en el planeta.
Este proceso de especiación y adaptación evolutiva reconoce en la actualidad al campo de la ciencia y la tecnología como el gran escenario de cambios en el que surgen los recursos que permiten responder, desde la producción organizada, a la enorme demanda que genera la población de todas las especies en su escalonamiento biótico.
Para ejemplo basta un botón. Una vaca en estado original produce leche para satisfacer las necesidades de crianza de un ternero, esto es 4 litros por día. La selección genética combinada con la alimentación, la sanidad y la reproducción, en un contexto de producción organizada, ha permitido que esa vaca produzca en una situación standard 20 litros por día a lo largo de 365 días. O sea que puede alimentar a su ternero y, además, a 32 chicos -a razón de medio litro por día cada uno- que la necesitan para vivir y crecer.
Esto mismo ocurre en una gran cantidad de situaciones. A veces el factor es la especiación, cuyo exponente más moderno y conspicuo es la modificación genética. En otros casos, la adaptación es evolutiva.
En la preocupación por el cambio climático, quizá lo más difícil de apreciar sean los límites y los efectos de procesos que son relativamente estables pero que se mueven en un contexto de inestabilidad entre dos extremos: el calentamiento global y el enfriamiento global, en los que también interviene el hombre, en este caso con efectos contaminantes.
Si se quiere ver al calentamiento global como una consecuencia de la acción del hombre, es probable que también nos estemos quedando sólo con la fotografía, porque los gases de efecto invernadero -provocados básicamente por la quema de combustibles fósiles-, constituyen un factor que acentúa consecuencias ambientales. Pero no se debe perder de vista que este fenómeno acontece en un período denominado "interglacial", en el que estas fluctuaciones hacia el calentamiento global o el enfriamiento global son factibles.
A los preocupados por la biodiversidad, hay que señalarles que el calentamiento global es su mayor motor, y que el enfriamiento es uno de los grandes factores de extinción. No por nada la mayor biodiversidad del planeta -aproximadamente el 50 %, según los expertos-, se concentra en la "selva tropical de lluvia" y va disminuyendo a medida que se aproxima a los polos.
Por lo tanto es necesario diferenciar claramente los conceptos en boga. Una cosa es la preocupación por la sustentabilidad de la acción humana sobre la naturaleza y la medición de sus consecuencias. Otra, muy distinta, es el abordaje ideologizado del problema o las reacciones producidas por el temor, las fantasías y frustraciones a menudo nacidas de la ignorancia o la inocencia.
Muchas veces, el prejuicio o la angustia se traducen en enfoques y militancias antisistema, en tanto que en otras oportunidades los apetitos de poder construyen discursos cargados de componentes mágicos y cerrados a cualquier análisis o consideración que los tensione o contradiga, lo cual es revelador de su trasfondo autoritario.