Evo Morales no es un político improvisado o un personaje folclórico que llega al poder con mucho colorido y plumas. Más de veinte años de militancia social y política lo avalan. Inteligente, práctico, habilidoso para forjar acuerdos y ganar espacios de poder en las duras e implacables roscas gremiales, sabe que la política reclama sus propios tiempos y que la primera asignatura que debe aprender un político en serio es aquella que enseña a distinguir lo deseable de lo posible.
Evo Morales es un líder con todas las virtudes y los vicios que suelen acompañar a dirigentes que deben lidiar con intereses y con hombres concretos. Sólo a turistas cholulos y a izquierdistas frívolos y acomodados se les puede ocurrir que Morales es una suerte de santo o indio bueno, portador de sabidurías misteriosas y ancestrales. Asimismo, sólo a racistas reaccionarios dominados por prejuicios atávicos les genera miedo y desprecio que un indio aymara llegue al gobierno.
Desde la derecha recalcitrante y desde la izquierda boba se contemplan estos procesos con un indisimulable sentimiento de superioridad, que en la derecha se manifiesta de manera agresiva y en la izquierda, a través de una suerte de mimetización con el salvaje, muy parecida a la actitud predicadora del "bwana" colonial con el rústico africano.
Los argentinos en particular debemos mirar con mucho respeto esta experiencia. En julio de 1816, la declaración de la independencia se redactó en español, quechua y aymara. Entonces, lo que luego sería Bolivia era una región comparativamente más importante que ahora. Preguntarse sobre el porqué de ese retroceso es, además de un interrogante histórico, un cuestionamiento político que permitiría entender algunas de las claves del presente.
Tal vez la gran novedad que expresa Morales con su ejemplo es la empecinada afirmación de que los indios pueden hacerse cargo del poder, es decir, gobernar atendiendo la complejidad de intereses de una sociedad y proponiéndose como objetivo hacerla más justa, más equitativa y más libre. Los indios no necesitan ni del desprecio ni de la lástima. Siglos de sometimiento y humillaciones no se superan de la noche a la mañana. Pero el hecho de haber llegado al gobierno respaldado por un proceso que se distinguió por las movilizaciones de masas demuestra que han aprendido a organizarse y a defender sus intereses.
No es la primera vez que Bolivia intenta superar el atraso y la miseria. En 1952, la revolución nacionalista y agraria liderada por Paz Estenssoro, que no era indio pero tampoco un descendiente de raza aria, despertó expectativas sociales que se expresaron en medidas políticas tales como la reforma agraria, la nacionalización de las minas y el sufragio universal. El destino de esa revolución que formó milicias campesinas y mineras armadas hasta los dientes fue mucho más pobre que las esperanzas que despertó.
En 1971, el general Juan José Torres intentó promover una revolución de corte antiimperialista con una asamblea popular incluida. Antes del año fue derrocado por un golpe militar y, dos años más tarde, un grupo comando lo ejecutó en Buenos Aires. Quiroga Santa Cruz, un distinguido dirigente socialista que había ganado la confianza de campesinos, mineros y estudiantes fue asesinado por una dictadura narcotraficante, mientras que las ilusiones que despertó Siles en la década del ochenta no fueron más que eso: ilusiones.
Morales es el primer indígena que llega al poder, respaldado, además, por organizaciones de sus pares. Lo suyo no es un aventura individual, sino la expresión de un movimiento social orgánico que asegura un nuevo tipo de representatividad, muy parecida a la que en su momento tuvo Paz Estenssoro cuando lideró la revolución agraria.
No sólo indios apoyan a Morales. Su victoria electoral puede ser leída también como el producto de una alianza social entre indios y sectores medios hartos de la insensibilidad, ineptitud e irrepresentatividad de gobiernos que fracasaron en toda la línea. Grupos importantes de la burguesía boliviana han aceptado que la única solución política a la crisis pasa por darle una oportunidad al movimiento social que había ganado las calles y había bloqueado, además de los caminos, cualquier posibilidad de salida institucional. Como muy bien lo expresó un dirigente empresario: "Para terminar con los bloqueos hay que votar a los bloqueadores".
El MAS llega al poder con una limpia mayoría y con posibilidades de extender dicha mayoría al Congreso. Desde el punto de vista simbólico, ha cumplido en estos últimos días con todos los pasos que esa mitología reclamaba: bendiciones, ceremonias religiosas, coronaciones, promesas e invocaciones a los dioses. Morales sabe muy bien que esos trámites son necesarios, sabe que el folclore ayuda a sostener la representatividad; pero dice poco y nada a la hora de gobernar o de lidiar con los tenaces intereses internos y externos que van a resistir cualquier posibilidad de reforma.
Una de las primeras declaraciones políticas del nuevo presidente ha sido para reivindicar el derecho de Bolivia a hacer buenos negocios con sus recursos naturales. No es un mal punto de partida. El gas debe ser un factor de crecimiento y desarrollo, y no de pobreza y atraso, como lo fueron el cobre en su momento y, en otros tiempos, la plata.
Morales sabe que Bolivia es pobre y, por lo tanto, no puede darse el lujo que se da Chávez de realizar encendidas proclamas antiyanquis, mientras hace la plancha en un océano de petróleo que vende a los mismos que de la boca para afuera considera sus enemigos. Su discurso político se hace cargo de esa realidad. El Morales incendiario de hace dos o tres años está dando lugar a un Morales que promete respetar la propiedad privada, que reconoce la necesidad de inversores y que se esfuerza por ganar más legitimidad internacional. Más allá de la sinceridad o no de sus declaraciones, lo que importa saber es que el flamante presidente no es una excepción histórica y que a ciertos dilemas de la política y del poder los deberá resolver con un descarnado realismo que poco y nada tiene que ver con la retórica de los tiempos opositores o con ciertas fantasías indigenistas de retorno a los toldos y a la Pachamama.
�Estamos ante un capitulador? Yo diría que estamos ante un político que desde su particular representatividad se está haciendo cargo de manera responsable de los rigores del poder. Morales llega al gobierno con el cincuenta por ciento de los votos, lo cual expresa un consenso muy amplio, siempre y cuando se entienda que existe otro cincuenta por ciento de la población de Bolivia que no lo votó y que en algún momento va a jugar su rol de opositor.
El nuevo gobierno presiente que deberá moderar sus ímpetus transformadores, pero también sabe que no puede hacer lo mismo que los anteriores. Entre otras cosas, porque no es una buena orientación imitar el fracaso y porque lo votaron para que produzca reformas profundas, no para que repita aquello que llevó a Bolivia al borde de la desintegración nacional.
El fracaso de las soluciones conservadoras fue tan concluyente que hasta los mismos derechistas terminaron por hacerse cargo de su impotencia para gobernar. Ahora, la iniciativa está en las manos de quienes durante décadas trabajaron para hacer valer sus derechos. El MAS dispone de una gran oportunidad histórica que, como toda oportunidad, puede abrir el inicio a una nueva etapa o precipitar a la nación en una impredecible caída.
Concluidas las ceremonias religiosas y políticas, se inicia la dura, árida e incierta tarea de gobernar. Como le gustaba decir a un político argentino, Morales deberá preocuparse por encontrar ese esquivo y resbaladizo término medio que impide que la política sea ahogada por la ansiedad de los apresurados o la egoísta necedad de los retardatarios.