Anotaciones al margen
El combate desnudo "Dios apiadóse de la soledad de su criatura y dióle la compañía de su sombra" (Enrique González Tuñón) (*).

I

Aquí, donde el dios de los simples ampara el lento cadalso, se prefigura en ambiguos contornos el lodo de mi combate. Con temor, con temor al temor paralizante, añoro librarlo; lo espero, nerviosamente. Presto a la victoria y a la vergüenza, de nervio en carne viva mi cuerpo, siento aletargarse los minutos crueles que pesan como golpes sobre un yunque, con sorda reiteración y trabajoso avance. De ríspidas sogas liberadas las muñecas, procuro que el destino y el caliente hierro que porta me hallen alerta, que suceda en mí cualquier cosa menos la cobardía.

Aquí, despojado de armas y de harapos, desnudo en mí, aguardo el instante crucial, el enemigo que desconozco, el desafío para el que, cada centímetro de espacio de cada segundo en que respiro desde que respiro, me he estado preparando, inconscientemente. Húmedo de pavura, rociadas de líquido de sal las extremidades, persisto en la temeraria idea de enfrentar lo ignorado y pretender penetrar un misterio que escapa a mis escasas facultades. Es el momento, lo siento hondamente. Como el invidente que desconoce el camino, avanzo ciego en mi fe de triste mortal, firme en mi ignorancia altanera de creatura, sin saber qué suerte me espera y qué epílogo ha sido escrito para mí. Razono que me afecta más el desconocimiento de lo que va a suceder -porque sé que algo va a suceder- que lo que realmente pueda pasarme; aun así, prefiero el error a la omisión.

II

Aquí, solo de toda soledad, ante el brutal instante que viene, invoco en pensamientos la embrionaria naturaleza que en el principio nos hizo dignos hijos del inmaculado. He soñado regularmente con aquella imagen: la de un ser perfecto en sus orígenes que es desgarrado por el pecado propio o la ira de los dioses. Y asumo que por represalia, éstos someten a sus vástagos desesperados a esta impiadosa mutilación, a un desafío imposible de lógica perversa: buscar eternamente nuestra otra mitad, como señalan las mitologías. Imploro, de pie en la arena, tensos los nervios, que alguna vez pueda restituirse en su original tejido lo que alguna vez fuimos, para que, completos, podamos vivir la vida que no aprendimos a vivir; para que dejemos de mendigar calor, un lugar, un sentido.

III

Aquí, solo en la más atormentadora nada, espero ambiciosamente: una respuesta a esa pregunta, alguien que explique este decurso que se nos impone, la obra que debería justificarnos, el retorno del pasado, la realización del deseo quimérico, la utopía cumplida. En el último segundo, pienso: la confusa sombra que proyecta mi cuerpo y sigue mis pasos no es otra cosa que la pálida representación que nos dejan conocer de aquella parte perdida. Me acecha ya la vibración que precede a la batalla. Puedo admitir que hemos perdido nuestra mitad, quizás la fe, pero nunca la voluntad y el deseo. Enfrente, lo intuyo, estará observándonos nuestro otro yo, que también nos busca, nos invoca, nos evade, nos desafía. Ansío tener la destreza de la que es merecedor. Y ser digno de mí y de él, cuando se acaben las especulaciones y las palabras y me embista el enemigo.

(*)El hombre y la sombra en 20 Ficciones Argentinas 1900-1930.

Estanislao Giménez Corte[email protected]