Albergues temporales en la frontera

AFP

Las "Casas del Migrante" o "del Peregrino", distribuidas a lo largo de toda la frontera entre México y Estados Unidos, se han convertido en un albergue temporal, seguro y a salvo de las autoridades, para emigrantes clandestinos centroamericanos.

Estos sitios, financiados por la Iglesia, la sociedad civil y autoridades locales, gozan de una tolerancia especial y los agentes del Instituto de Migración (INM) de México sólo ingresan a ellos cuando se comete un delito específico, más allá del paso ilegal por territorio mexicano.

"Migración detiene a los centroamericanos ilegales, pero no viene aquí. Tenemos un convenio", asegura Jesús Macías, encargado de la Casa del Migrante de Piedras Negras, Coahuila (norte), que a diario recibe, para dar techo y comida, a una treintena de ilegales deportados o que esperan cruzar la frontera.

"Recibimos gente de los dos lados (...) Tratamos de convencerlos de que no vayan (a cruzar la frontera), les enseñamos videos para que vean los riesgos, pero nunca les vas a quitar la idea de su mente", añade Jesús.

Además de los riesgos que implica cruzar el río Bravo, con corrientes traicioneras, y luego aventurarse por zonas desérticas vigiladas por la migración estadounidense, una de las primeras amenazas que enfrentan los emigrantes ilegales son los "polleros", los traficantes de personas.

"Los polleros les roban, los dejan tirados. Los emigrantes se van con una ilusión y, a veces, regresan quebrados de un brazo, de una pierna, con heridas en los pies", comenta.

Son pocas las mujeres que llegan a la Casa del Migrante, dice su encargado, pero en estos días y desde hace dos meses se encuentra albergada ahí una hondureña de 35 años, Janet López, quien dejó todo en su país por buscar una oportunidad en Estados Unidos.

Luego de dejar a sus cuatro hijos al cuidado de su hermana y con 300 dólares en la bolsa, Janet salió de Puerto Cortés, en la costa caribeña de Honduras, cruzó Guatemala y se internó por México hasta llegar a Piedras Negras, fronteriza con la localidad texana de Eagle Pass.

"Me voy (a Estados Unidos) por falta de dinero, para dar lo mejor a mis hijos, los extraño mucho", comenta esta mujer al explicar que no ha podido intentar cruzar la frontera porque no tiene para pagarles a los "polleros" y está a la espera de que su familia le envíe dinero.

Con respecto a su recorrido de tres semanas para llegar a la frontera norte de México, Janet asegura que no tuvo mayores dificultades, salvo cuando un individuo le roció gas lacrimógeno en el rostro para evitar que se subiera a un tren.

Pese a la larga espera, las dificultades y hasta las amenazas que implica alcanzar el "sueño americano", Janet no pierde la ilusión. "Quiero trabajar honradamente, en la limpieza, de mesera, cuidando ancianos. Iré donde mejor me salga el trabajo. En Las Vegas tengo un primo que trabaja en un casino", dice.