Una familia que vive en el límite norte de la ciudad, denunció una serie de irregularidades de las que son testigos desde hace más de un año, e involucran a acopiadores de pescado y policías.
Norberto Zerdá contó a El Litoral que cerca de su casa es común ver y oír a la policía haciendo disparos, "como si estuvieran practicando tiro al blanco". Además, denunció que hay acopiadores que habitualmente dejan parvas de pescado que se pudre a la vera del camino.
Se trata de dos temas que, en principio, no tienen vinculación entre sí, aunque muestran a las claras la falta de control que existe en los lugares más alejados del radio urbano.
Zerdá trabaja de albañil en la construcción y hace un año y medio que vive en Callejón Roca, antes de llegar a la Laguna Setúbal, junto con su esposa Alejandra Cariolichi -que es ama de casa- y sus seis hijos.
En la zona habitan otras familias, dos de las cuales tienen 4 y 5 chicos cada una. La gran cantidad de menores acrecienta la preocupación de los padres, que desde hace un tiempo oyen disparos de distintos calibres muy cerca de sus hogares.
Según los vecinos, el lugar sería un eucaliptal que está detrás de un reservorio de agua. Zerdá por su parte indicó que "los últimos dos domingos", luego de escuchar los estampidos, vio salir las camionetas de la fuerza pública.
"La vez pasada se oyeron tiros y el más grande de mis hijos salió a ver qué pasaba, y me asusté mucho. Eso fue como a las diez de la noche", relató el padre, que aseguró que "ahora es cada vez más seguido".
A la zona se llega por la avenida General Paz, pasando los cuarteles del Gada hacia el norte, bordeando la laguna Setúbal por calle de tierra, hasta dar con Callejón Roca, que a esa altura está casi despoblado. La jurisdicción que linda con el paraje conocido como Chaco Chico, está a cargo de la comisaría octava.
Otro reclamo apunta a acopiadores de pescado, que arrojan los deshechos a los costados de los caminos, provocando un hedor desagradable para los habitantes y los que transitan por allí.
Esa práctica lleva varios meses, ya que los Zerdá, que se mudaron hace un año y medio, aseguran que cuando llegaron el olor ya estaba. Para ellos las camionetas que descargan las cabezas de pescado -mayormente de armado-, pertenecen a algún frigorífico de la zona, que se desprende de lo que no sirve.
En ocasiones llegaron a tirar "más de 100 kilos", dijo Norberto, que al momento de precisar horarios aclaró que "vienen a la siesta, a la noche, a la mañana".
Redacción de El Litoral