Edición del Viernes 02 de junio de 2006

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En medio del nacionalismo y la tontería

El cine argentino enfrenta en estos días el resultado de políticas erráticas que vienen de muchos años atrás. Y, cuando se dice cine argentino, estamos hablando de todo el espectro, desde la producción hasta la exhibición, pasando por la industria, la distribución y todas las actividades alternas, como los sindicatos respectivos, la crítica y las salas alternativas y cineclubes. Hoy, por ejemplo, da pena la llamada cuota de pantalla, porque para imponerla hay que tener un poder que no está en el Incaa, sino en la exhibición, dominada por los complejos, esto es, por empresas multinacionales.

Entonces, ¿qué hace el Incaa? Pues presiona en las escasas salas tradicionales que aún quedan, que están en la lucha por seguir abiertas y, cuando hay que cumplir la ley, no es con una película de cierto éxito, sino con una que, al margen de su calidad artística, no pasa de la semana en su estreno porteño. Este juego de intereses se da en todos los niveles. Ya hay gente que se queja de que para un director novel es difícil iniciarse por la cantidad de requerimientos que se le hacen (garantías, presupuestos, inscripciones, cantidad de películas mínimas para el productor del proyecto, etcétera).

Las salas que quedan abiertas están desprotegidas, y ni hablar de las alternativas. Se comenta que el Cosmos de Capital Federal estaría a punto de cerrar, con lo cual buena parte de los filmes que se estrenan en DVD perderían su "templo". Éste es el resultado de una política que permitió y alentó este proceso. Y, sin embargo, el cine nacional vive, y tanto la producción como su calidad han aumentado notoriamente en los últimos años. La pregunta, entonces, es hasta cuándo la vocación pura suplantará a una legislación correcta.

Tampoco se puede decir que las actuales autoridades del Incaa estén mal encaminadas. Heredera de todo esto, se estima muy difícil corregirlo en poco tiempo, pero lo mejor sería aceptar la situación y comenzar a sanarla. Los espacios Incaa son una buena idea, pero tienen que "vestirla" con otros elementos para que el espectador se decida a ver un cine argentino poco promocionado, que sucumbe junto al europeo ante el avance de Hollywood.

Se podría seguir con otros temas, con otras ideas, sumar fuerzas desde afuera y dentro del Incaa para que todo el cine argentino pueda ser tal y tener su carta de pertenencia a un país, a una tierra, a un paisaje propio. Pero los políticos oportunistas siempre buscarán la propuesta más fácil que, por lo general, no va más allá de cambiar el nombre de una calle.

Ahora, una diputada chubutense, justicialista para más datos, no ha tenido mejor idea que proponer que una bandera argentina se muestre durante ocho segundos en todo filme nacional, algo que no sucede en ningún país del mundo. Los norteamericanos suelen tener alguna franquicia si durante el filme aparece una bandera, pero, en todo caso, es optativo.

Estas concepciones se asocian con un nacionalismo epidérmico, tonto y enfermizo. Y lo más preocupante es que podría contar con el apoyo de gente del Incaa.





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