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Edición impresa del 04/06/2006 | Opinión Opinión

Lavagna, un candidato que no es candidato

Los favores se agradecen. Roberto Lavagna debería enviar a la oficina del presidente un telegrama con dos palabras: muchas gracias. Un par de declaraciones periodísticas y otras tantas exposiciones académicas terminaron instalando de sopetón su candidatura presidencial (que todavía no existe como tal) y lo obligaron a Néstor Kirchner a hablar, por primera vez, de su propia candidatura. El espíritu presidencial no tiene remedio: desoyó todos los consejos que le dieron para que callara.

La anterior seguridad presidencial, que le permitía a Kirchner jugar con elípticas palabras sobre un eventual renunciamiento a la reelección, se convirtió en papel mojado. La convulsión política y mediática terminó hasta con los taxistas preguntando si Lavagna ganaría o perdería ante Kirchner. ¿Qué extraño efecto provocó la tímida aparición de un candidato que no es candidato?

Una primera conclusión es que el gobierno se topó con un posible candidato en serio. Kirchner estaba mal acostumbrado a subestimar a sus opositores clásicos; ninguno de ellos estaba en condiciones de garantizarle a la sociedad la gobernabilidad política ni la estabilidad de la economía. Lavagna viene de las entrañas del sistema político que gobierna desde la gran crisis de principios de siglo.

La política va dejando trazos imperceptibles. Ni Kirchner ni Lavagna se han declarado oficialmente candidatos, pero es probable que los dos terminen protagonizando la pelea de fondo en las elecciones presidenciales del próximo año. Hay cosas de las que no se vuelve. Lavagna no podría regresar ahora a un kirchnerismo sin matices diferentes, aunque en verdad nunca fue kirchnerista. Kirchner se tornaría increíble si insistiera en adelante sobre la posibilidad de colocar un simple vicario suyo en las presidenciales.

Con todo, Lavagna podrá dar el sí definitivo cuando él lo quiera, pero un eventual no tiene plazos muy cortos. Un no lanzado sobre una enorme expectativa política y social podría convertirlo en el acto en un político de módicas ambiciones, como sucedió en su momento con Carlos Reutemann.

El efecto Lavagna modificó los planes de todos. La oposición de Kirchner sintió que alguien le manoteaba sus legítimos espacios sin pedir permiso y el propio Kirchner percibió algo insoportable para él: la política se movía sin su consentimiento. Todos contribuyeron a hacer un candidato de un no candidato. Para lograr eso, Lavagna necesitó sólo de algunas mordaces críticas y de algunas ideas que quebraron el eje de la corrección política gobernante.

Kirchner sabe que las encuestas de hoy, sobre intención de voto presidencial, no dicen nada. La sociedad no ve cerca las elecciones presidenciales (y tiene razón) ni hay candidaturas presidenciales instaladas, salvo la única de la que se habla: la del propio Kirchner. Por eso, el presidente consideró una provocación que se lanzaran candidaturas y calificó de prematura la aparición de ellas, aunque lanzó la suya. Kirchner tiene el inconsciente muy cerca de los labios.

Quienes escuchaban a Lavagna en el gobierno aseguran que no está diciendo nada distinto de lo que ya advertía cuando era ministro. Sobre muchas de sus disidencias se explayó, incluso, delante del propio Kirchner. ¿Por qué entonces el rencor sin límites que empezó en el subsuelo kirchnerista de Luis D Elía y Carlos Kunkel y terminó en la cima presidencial?

Kirchner perdió el equilibrio cuando vio que el primer reportaje de fondo se lo había hecho el director de Perfil, Jorge Fontevecchia, el único periodista con el que el presidente confiesa tener una cuestión personal. El error de Lavagna fue el medio y no el mensaje , deslizaron al lado de Kirchner.

Pero ¿hasta qué extremos límites de control de la política aspira Kirchner? ¿Acaso un ex ministro debería resolver su relación con los medios de acuerdo con el humor presidencial con los medios? Su problema con Lavagna no consiste sólo en la probable competencia electoral, sino en que el ex ministro ya se siente grande para pedir permiso y lo sorprende al presidente. Kirchner detesta amanecer con noticias que no han salido de su fábrica.

¿Qué es lo que le impide a Lavagna mantenerse renuente a la aceptación explícita de su candidatura? En primer lugar, el momento político. Aunque fueran sólo simples poses, Kirchner y Lavagna tienen razón cuando dicen que es demasiado pronto para hablar de candidaturas. La Constitución fija para octubre de 2007, o para alguna fecha cercana a ésa, las próximas elecciones presidenciales.

Un brusco adelantamiento de los comicios deberá pasar forzosamente por una interpretación de la Constitución por parte de la Corte Suprema de Justicia, hasta donde llegarán, sin duda, las impugnaciones de los candidatos opositores.

Lavagna conoce el poder, pero nunca atravesó la sangre y el polvo que dejan las campañas electorales. Deberá endurecer su piel de hombre que gozó hasta ahora sólo del respeto y del prestigio. Un ministro actual llamó ya a poderosos empresarios para conminarlos a no apoyar a Lavagna.

Vale la pena recordar un ejemplo: en las últimas elecciones hubo un candidato, Enrique Olivera, que debió enfrentar el día de los comicios con la acusación de que tenía cuentas en el exterior. Diez días después se conoció oficialmente que esas cuentas nunca habían existido. La política es así de dura cuando el poder está en juego.

Kirchner ha convertido en arte el manejo de las estructuras políticas; se interesa hasta por los candidatos a intendente en Santiago del Estero, como lo hizo en los últimos días. Lavagna no tiene estructuras, no sabe crearlas ni quiere aprender ese oficio. Háganlo ustedes y después vemos, le reclamó a una porción de adeptos del peronismo bonaerense. Otra razón para demorar su lanzamiento oficial: él se dedicará, por ahora, a seguir espoleando al poder desde las tribunas académicas o desde seminarios empresariales o sindicales.

Lavagna es un peronista extraño. Para él, la construcción de la Nación actual comenzó con Roca y su concepto de paz y administración (no con Rozas, como reza la liturgia del peronismo), y concluye con la valoración de los derechos humanos en el gobierno de Raúl Alfonsín. Siempre inscribe, desde ya, el papel fundamental que tuvieron Yrigoyen, Perón y Frondizi en la arquitectura de esa historia. Valora el origen democrático de esos líderes y ensambla una alianza histórica entre peronistas y radicales. Quizás es la que él mismo se imagina corporizando.

Los trazos gruesos de sus disidencias con el gobierno no son, a veces, sólo matices. Prefiere a Uruguay y a Chile antes que a Cuba y a Venezuela, aunque Chávez le parece el peor ejemplo reciente de un país que devaluó su democracia. Cree, además, que la inflación se controla con inversiones masivas y con el control del gasto público. Jamás confió en que el remedio antiinflacionario pueda consistir en hurgar en la cadena de costos de las empresas.

La historia sólo ha comenzado. El principal problema en el horizonte no son las encuestas (que siguen ayudando a Kirchner), sino la increíble capacidad del gobierno para cometer errores políticos.

El presidente nunca hablará de Lavagna, porque no lo ayudará a crecer, se pavoneaban en la Casa de Gobierno en la mañana del viernes. En la tarde de ese mismo día, Kirchner lo vapuleó a Lavagna públicamente. Hay que resignarse: nadie le negará nunca el derecho a darse todos los gustos en vida.

Por Joaquín Morales Solá

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