César Luis Carli
A veces, cuando pienso en la Santa Fe actual me acometen inexplicablemente los recuerdos de mi estudiantina en Rosario, hace varios años; en verdad, no es tan inexplicable, porque mi memoria se encamina a las fragorosas "timbeadas" en la que participaban estudiantes de medio mundo y en donde se jugaban las "mesadas" (1), o parte de ellas, en días y noches tan encarnizadas como prolongadas en una pensión complaciente. El sol de la mañana que se filtraba por las rendijas de las puertas los encontraba pálidos, cenicientos y luego de haber trasegado varios litros de mate y otros tantos paquetes de cigarrillos. Sin embargo, en esa fauna timbera deambulaba un "Pelado", atento que por su calidad itinerante sabía cuál sería la carta ganadora. Entonces apostaba "de afuera", que aunque no se podía hacer era tolerado por lo exiguo de la apuesta. Y desde luego, ganaba; después, satisfecho, se retiraba a su pieza a gozar de su ganancia.
De más está decir que el "Pelado" gozaba del más absoluto desprecio de los contertulios. Porque siempre jugaba la monedita a ganador y jamás arriesgaba nada; quizá, vista la cosa a la distancia, el eje por donde pasaba la disputa timbera no era el ganar la "mesada" del otro ni unos pesos que rápidamente se disipaban entre vinos y risas de muchachas alegres. No, el sentido que tenían esas apuestas era el subyugante juego del riesgo, de apostar a lo impredecible, a "lo que podía pasar".
Confirma mi presunción que de los participantes dos murieron riesgosamente en la guerrilla de Tucumán, uno es un cardiólogo famoso de Buenos Aires y tres arquitectos se fueron a trabajar uno a una villa en Rosario y los otros a una "callampa" a Chile y Perú.
Ninguno de ellos resultó timbero. Todos sin embargo mantuvieron en alto el sentido del riesgo, porque cada uno se jugó en la vida por sus ideales.
Salvo el "Pelado"; recibido de médico bastante velozmente, regresó a su tierra a realizar una tarea ardua, apoyada económicamente desde luego. Muchos opinan que su ejercicio profesional no fue del todo honesto, pero más allá de esos comentarios, al tiempo el "Pelado" construyó un sanatorio modelo.
Pero claro, con la absoluta certidumbre que ya había logrado una clientela "cautiva", que serían sus clientes potenciales.
Una mañana, años más tarde, lo encontré en un corralón de venta de materiales de construcción. Más obeso, era sin duda el propietario del Mercedes estacionado entre los modestos vehículos de los plomeros, los albañiles y los hormigoneros.
Me saludó calurosamente y de inmediato comenzó a rememorar la época de estudiantes.
En rigor, aquéllos en su boca me molestaban bastante precisamente por eso: por traerme a la memoria esa época de la que él había participado mezquinamente. Y que otros, como en el "poker abierto", habían arriesgado la "mesada" que a la postre se transformó en un proyecto de vida, mientras él juntaba las moneditas de "voyeur".
Me invitó a almorzar porque, decía, le gustaría que yo participara en la ampliación del sanatorio para el cual venía a comprar insumos.
Me negué descortésmente y me despedí algo bruscamente. Él quizá no entendiera bien mi actitud, porque en su mundo su pequeñez había sido eclipsada por su triunfo económico; y éste ocultaba la insignificancia del que apostaba a ganador seguro.
Mientras volvía a mi casa reflexionaba que estos personajes, como el "Pelado", que huyen despavoridos ante el riesgo, son seres muy frecuentes en una sociedad como la nuestra. Eso se nota en los edificios, en las casas, en la arquitectura. Nada de riesgo, todo regulado por lo convencional, por lo "deja vu", "por lo que le gusta a la gente", "por lo que la gente pide". En esas convenciones se refugian los operadores inmobiliarios, convenciones, por otra parte, que le permiten eludir olímpicamente cualquier riesgo que por serlo, resulte peligroso.
En las naciones más avanzadas existe un capitalismo en riesgo. Se trata de hacer inversiones en lugares cuyos resultados son absolutamente inciertos; se lanzan al mercado sin tenerlas todas consigo, ni tener, por supuesto, la seguridad de rescatar la inversión.
En algunos países se presentan edificios con costos millonarios y recursos riesgosos desconociendo la receptividad que tendrá en el mercado. Quizá sea rechazado y quede deshabilitado, en el peor de los casos. Pero será una experiencia que seguramente asombrará al turista como en su momento lo hicieron La Pedrera, la Casa Ballio o la Casa Milla de Gaudi, o los departamentos de Le Corbusier en la unidad de habitación de Marsella, cuyo primer reclamo se prolongó mucho tiempo, aunque no por ello evitaron que el mundo hablara largamente de esas singulares obras de Barcelona y Marsella.
A veces el capitalismo de riesgo obtiene resonantes triunfos inmediatos: tal es el caso de la Torre Eiffel, que ha permitido que su descendencia, que aún conserva la propiedad de la misma, viva una envidiable vida de holgura económica.
Quizá aquello de "que hago lo que la gente me pide" sea una de las formas más tramposas de eludir el compromiso con la historia; aun Karl Marx, de quien no se puede sospechar de reaccionario dijo: "Respecto de los prejuicios de la llamada opinión pública a la que jamás hice concesiones, sigue siendo válido para mí el lema del gran florentino: "Segui il tuo corso, e lascia dir la genti" (2) ("sigue tu camino y no le hagas caso a la gente" Dante Alighieri 1265 - 1325).
Tan cierto resulta ese aforismo que de no reconocer su validez aún seguiríamos con la letrina en el fondo si hubiéramos respetado el deseo de la gente de comienzo de siglo. Tanto como los decorados, las cornisas sobrecargadas para mostrar el poder y la riqueza que la modernidad barrió y convirtió esa compleja trama decorativa en planos limpios y blancos. Por "no hacerle caso a la gente". Sabidos son los gigantescos condicionantes que hacen que la gente actué aun en contra de sus intereses. El poder determina los caminos que debe seguir la sociedad, entonces, �cómo no considerar que ese "hacer lo que la gente me pide" es una forma obediente de responder a los mandatos del poder? Que no es precisamente de la gente. Si supieran los defensores de los "deseos de la gente" que de seguir sus designios no habría modernidad posible, avances de los pueblos y quizá, ni siquiera dioses.
Seguramente el "Pelado" tiene un dios pequeño, complaciente, que abriga su pequeña miseria. Acepta su falta de riesgo y su complaciente riqueza.
Pero Santa Fe, no. No quiere copiar al "Pelado". Entonces, a ponerse a trabajar.
Porque hasta ahora, todo lo que hemos visto corresponde a las normas del "Pelado".