Recordando a Carlos Pellegrini

Ing. Norberto M. Velasco

El 17 de julio de 2006 se cumplen los 100 años de la muerte de Carlos Pellegrini. Me parece pertinente recordarlo en el aniversario de su muerte, porque las valoraciones de las acciones se hacen cuando la vida se extingue. Nadie nace héroe o prócer o poeta. Al término de cada devenir personal, la historia hace su juicio, categoriza las personas por sus hechos y las encasilla, no siempre en el lugar exacto, pero sí en el que servirá de referencia.

Abordar la figura de Carlos Pellegrini -"el piloto de tormenta" o "la gran muñeca"- no es sencillo, por lo diverso de los cargos y roles que desempeñó en sus casi sesenta años de vida. Fue militar, legislador, funcionario público, negociador ante la banca internacional, presidente de la Nación, periodista y chacarero. En lo social también tenía lo suyo; era alto, de ojos claros, vestía con elegancia, lo que se dice un tipo con pinta. Le gustaban las carreras de caballos y el juego de naipes. No frecuentaba los clásicos ni era un erudito que usaba citas en sus discursos. Tenía el olfato para detectar cuál era el centro del problema y atacaba con propuestas e ideas fuerza explicadas con claridad y convicción. Un político pragmático, honesto, que entró y salió de la política con lo puesto, y que, digamos de paso, fue la tónica de los grandes de su época.

No era fácil, en épocas durante las cuales el liberalismo era la doctrina dominante y en las que los argentinos, en vez de adaptar, imitaban, copiando la arquitectura italiana, los modales sociales de los franceses y los formatos comerciales de los ingleses, promover una política criolla. Se miraba hacia Europa dando las espaldas al país y, en esa atmósfera, tomar decisiones audaces e irritantes como, por ejemplo, aplicar tasas aduaneras diferenciales, concreta medida proteccionista para los productos nacionales, le valió a Pellegrini engrosar su lista de enemigos. Un conservador con fórmulas que los "progres" de la época, como los socialistas de Juan B. Justo o los radicales de Leandro Alem, fervientes adherentes al liberalismo, criticaron duramente.

Nos acercamos así al personaje para aprehenderlo no tanto por sus virtudes o defectos, sino por la manera en que se propuso resolver los problemas que aquejaban a la República, con una impronta mezcla de táctica militar y estrategia política.

Una figura compleja

Para muchos, Pellegrini era, además del fundador del Jockey Club, un hombre mundano a la inglesa, de club y no de confiterías, de activa vida social, que manejaba fluidamente el inglés y el francés. Diputado, senador, enviado en misiones financieras a Europa, ministro de Guerra, todos indicadores como para calificar de oligarca. Sin embargo, para otros, su tesis sobre Derecho Electoral (1869) para obtener el título de abogado, que habla del voto secreto y universal, que recién sería una realidad muchos años después con Roque Sáenz Peña (1910); su expreso apoyo al voto de la mujer, que sería conquistado recién a mediados del siglo XX; la autorización de la primera celebración del 1� de Mayo en el país y la creación de la Caja de Conversión y del Banco de la Nación Argentina lo posicionan como un verdadero estadista. Fue un hábil constructor de alianzas y arreglos políticos, lo que llamamos actualmente un "lobbysta", por lo que también fue conocido en su época como "la gran muñeca". Tampoco dudó cuando hubo que poner orden. En uno de sus discursos, Pellegrini diría: "Velar por la seguridad del Estado era primordial a toda ley y derecho", justificando alguna intervención militar dura en represión de revoluciones (de los secesionistas de la provincia de Buenos Aires o de los radicales del Parque).

No se privó de nada para que se lo juzgase de contradictorio.

Pellegrini es parte de una lista de hombres que, en su conjunto, forjaron el país del siglo XX. Sarmiento, Avellaneda y Roca lo precedieron. Por cierto que integraba la aristocracia porteña que, diezmada por la peste de 1870, cercada en los '90 por una clase media y trabajadora con alto porcentaje de extranjeros que poco entendían de los conflictos y problemas del pasado que, además, no era el pasado de ellos, tuvo que enfrentar una situación más que difícil. El presidente Juárez Celman renunciaba acosado por las revueltas cívico-militares y los problemas financieros de la Nación.

Precursor de la industria nacional

Con un país en llamas, como titularía la prensa en nuestros días, 44 años de edad, el 6 de agosto de 1890, Carlos Pellegrini asumió la presidencia que abandonaba Juárez Celman y tomaba el timón, por lo que Paul Groussac habría de bautizarlo como "piloto de tormentas". Celman cayó no sólo por la crisis política, sino, más bien, por la económica. Como dato de color, pero no poco significativo, Pellegrini asumió en medio del aplauso y de la algarabía popular, que durante tres días mostró su júbilo en las calles de Buenos Aires.

De cualquier forma, tan pronto sucedió a Juárez Celman, envió un paquete de medidas económicas a las cámaras legislativas, algunas de las cuales han de sobrevivirlo, con algunos retoques, por cerca de 50 años, como la Caja de Conversión. Lo que debe llamar nuestra atención es la visión de Pellegrini del país que hace bienes, que industrializa sus frutos en contraposición a la naturaleza mercantil de comercializar sin producir, que dominaba la economía porteña.

En un mensaje en el Senado diría: "Cuando se estudia el habitante de una nación, hay que considerarlo como productor y no como consumidor". Decir esto en el siglo XIX, contrariando el pensamiento liberal y preanunciando lo que serían sus medidas proteccionistas durante su presidencia, no deja de sorprender.

Creo que hay sobrados motivos para encontrar en Carlos Pellegrini al líder de la transformación que lanzará la industria nacional hacia adelante, no en forma atropellada, sino con un push inicial que motive el ingreso del país a una etapa de industrialización.

No se pretenda encontrar en estos comienzos un plan orgánico, prolijamente planificado. Convengamos que tampoco los planes quinquenales ni otras tibias líneas de acción que no califican como planes han ofrecido hasta la fecha para el sector industrial una propuesta consistente, orgánica y pautada para convencernos de que, en términos industriales, el país va hacia alguna meta en particular. Merece, a mi juicio, una excepción el período 1958-1962 y, como tal, sólo justifica la regla.

Propuso la organización de sociedades mixtas de patrones y obreros con iguales riesgos y ganancias (ívaya si miraba lejos!); convocó a un Consejo de Notables, inaugurando por primera vez una concertación de políticos de diferentes signos cuando todo tambaleaba y hacía falta un frente común, y defendió, en 1906, con tal énfasis la libertad electoral que el ascenso del radicalismo al poder es herencia de este prohombre de la oligarquía.

La gran muñeca, piloto de tormentas, el gringo. Llámeselo como se quiera. Usaré de las palabras de Miguel A. Cárcano: "Con todas las luces y sombras, los excesos y aciertos, Carlos Pellegrini es una de las personalidades más atrayentes del escenario político argentino". Para resumir mi propia opinión, dicho con prudencia, acorde con mi afecto por la producción, Carlos Pellegrini es el padre de la industria nacional.