Líbano, campo de combate de extranjeros

Si alguna duda existía sobre el financiamiento de la organización terrorista musulmana Hezbolá, las noticias de los últimos días las terminan de disipar, demostrando que efectivamente el llamado Partido de Dios está sostenido económicamente por Irán y que de hecho funciona como un Estado paralelo, con autonomía de las autoridades políticas libanesas.

El alto del fuego ha permitido que los principales dirigentes políticos del Líbano expresen sus puntos de vista acerca de lo que ahora califican como una verdadera invasión al territorio nacional por parte de Irán. Según las informaciones disponibles, los dirigentes de Hezbolá reparten por día alrededor de cinco millones de dólares a los afectados por los bombardeos y tiene previsto invertir en la población una cifra que llegaría a los mil millones de dólares.

A nadie escapa que esos montos no provienen de la colaboración voluntaria de los afiliados a Hezbolá, sino de los petrodólares enviados por Irán para sostener a esta banda terrorista. La guerra ha debilitado la estructura del Hezbolá, pero el aporte financiero de Irán intenta fortalecerla. A diferencia de Hamas, el Partido de Dios no tiene reclamos territoriales que hacerle a Israel y su guerra contra los judíos está impulsada por el fanatismo religioso debidamente alentado por los ayatolás de Irán.

Las manifestaciones a favor de continuar la guerra contra Israel por parte de sus principales dirigentes, y las ponderaciones exitistas acerca de su representatividad y fortaleza militar, demuestran que el problema de fondo es más complejo de lo que parecía, y que Israel enfrentó un enemigo con base territorial propia, que dispuso de recursos económicos multimillonarios y armamentos de calidad.

En realidad, como se presentan los hechos, y atendiendo a las declaraciones de los dirigentes libaneses, la invasión israelí del territorio nacional estuvo precedida por la de Irán. Sin el apoyo de esta potencia y sin la asistencia de Siria, Hezbolá no sería mucho más que una secta de fanáticos sin capacidad para afrontar acciones bélicas como las que tuvieron lugar.

Atendiendo al desarrollo de los acontecimientos y a la creciente militarización de los terroristas, no hay razones para el optimismo respecto al reciente alto al fuego ordenado por las Naciones Unidas. Incluso, hay serias dificultades para constituir los cuerpos de paz en la frontera porque, a decir verdad, nadie cree en serio que en estas condiciones una solución consistente sea factible.

No cabe duda de que a los dirigentes libaneses les corresponde hacer valer su autoridad en el territorio nacional. Sería deseable un acuerdo con Siria para mejorar desde el punto de vista externo las condiciones a favor de la paz, pero, mientras tanto, lo que parece imponerse es la militarización de Hezbolá apuntalada por una política clientelística orientada a conquistar las simpatías de los pobladores perjudicados por la guerra.

En estas condiciones, el Líbano no existe de hecho como Estado nacional y su trágico destino será el de seguir siendo un territorio en el que combaten ejércitos extranjeros.