Hugo E. Grimaldi - DyN
La realidad de buena parte de las capas medias o altas de las grandes ciudades, las mismas que más descreen de la política, no pasa hoy solamente por el bolsillo tibio que les permite a muchos salir a comer a un restaurante o pensar en un viaje al exterior o aun ilusionarse con dejar de pagar un alquiler y aspirar a la casa propia. Para esa misma gente, la realidad también se llama Gabriel D'Lucca, el comerciante de una inmobiliaria al que tres ladrones mataron de un tiro en la cabeza el viernes pasado en sus oficinas de un barrio porteño para robarle 100 pesos.
La patente dualidad que se observa hoy en esta franja social entre la economía y la seguridad casi revirtió aquella famosa frase del ministro de Economía de Raúl Alfonsín, Juan Carlos Pugliese. En la Casa Rosada, bien podrían decir hoy que "les hablamos con el bolsillo y nos contestan con el corazón". No se estarían equivocando.
Es manifiesto que desde la óptica del gobierno no se le encuentra la vuelta al asunto y hasta algunos funcionarios se sienten incomprendidos, ya que trabajan de modo permanente para seducir desde la economía a los díscolos que hasta ahora no le han permitido a Néstor Kirchner ganar una sola elección en la Capital Federal, por ejemplo.
Lo que parece claro es que, para resguardar lo poco que les queda, los argentinos de clase media se comportan como toda sociedad conservadora. Por eso, Juan Carlos Blumberg se ha convertido de buena gana en su referente, aunque desde los despachos oficiales se lo catalogue como un opositor, el enemigo público número uno, el hombre a denigrar o la bestia a vencer. La culpa se traslada, una vez más, al mensajero.
Si se miran las encuestas, es muy evidente que el ítem número uno de las preocupaciones de los habitantes de las grandes ciudades pasa por la inseguridad, a la hora de contar los secuestros, los arrebatos, los asaltos y las palizas a pobres jubilados, las violaciones a jovencitas y los muertos de toda clase y color social.
Resulta muy extraño observar cómo un gobierno que consulta casi como un oráculo ese tipo de relevamientos le presta tan poca atención al tema, salvo que se resista a hacerlo por aspectos ideológicos que parecen nublar el habitual pragmatismo del presidente.
Hasta hace poco nomás, el ministro del Interior subestimaba la situación y negaba las estadísticas de delitos, como una "forma de proteger a la víctimas", decía. Luego, hizo una más que meritoria autocrítica, pero las estadísticas siguieron sin aparecer.
La incongruencia entre lo que todos sienten que sucede y la negación del gobierno parece anidar en la coexistencia de objetivos, ya que, si se quiere una sociedad que arriesgue y progrese económicamente, la función del Estado es la de velar por la seguridad de todos sin caer en la represión, pero sin ampararse tampoco en exagerados garantismos, como los que hoy dominan a la Justicia argentina.
Sin embargo, hay una tercera pata de la descripción de los intereses de las clases medias urbanas, en la que el gobierno está mejor rumbeado, ya que sintoniza todavía la onda del "que se vayan todos", aunque a veces se aprovecha de la apatía de la sociedad para avanzar con instrumentos que desmejoran la calidad de las instituciones (Consejo de la Magistratura, Superpoderes, DNU, etcétera). La gente que dice "Me importa la economía, pero también me importa la seguridad" da a diario señales contundentes de que le importa poco y nada la política.
Por eso, Kirchner sostiene que, en materia de partidos, es hora de barajar y de dar de nuevo y añade habitualmente que las nuevas corrientes de pensamiento deberían estructurarse con un centro-derecha y un centro-izquierda que se alternasen en el poder, a la manera de la mayor parte de las democracias y por fuera de los paradigmas de los partidos tradicionales. En eso están hoy el peronismo y el radicalismo, desgajados y buscando su lugar en el mundo.
La transversalidad propuesta en su momento por el gobierno como una gran alternativa teórica que no logró cuajar devino luego en una criticada concertación con los iguales y recién ahora se está plasmando a toda velocidad en realineamientos ideológicos que tienen a dos peronistas a la cabeza de eventuales listas que apoyarían dirigentes radicales.
Todo un galimatías que pone, en principio, a Néstor Kirchner o a su esposa de un lado y a Roberto Lavagna, del otro, al frente de coaliciones que todavía no llegan a conformar esos dos polos soñados por el presidente. En este punto, ambos serían los representantes de dos versiones de una misma política. Pese a ello, parecen avanzar hacia la polarización de las futuras elecciones.
El modelo económico que los une, que pergeñó Lavagna en tiempos de Eduardo Duhalde, tiene en el dólar alto el impulso exportador y la sustitución de importaciones la base para que -precios internacionales mediante- el fisco recaude "a cuatro manos" por retenciones o impuestos derivados del mismo esquema (IVA o Impuesto al Cheque). Por el lado de las diferencias, el ex ministro promete una mayor prolijidad en lo instrumental (institucionalidad, inserción argentina en el mundo, etcétera), aunque será por el lado de la utilización del extraordinario superávit fiscal que se sigue acumulando, aunque a menor ritmo, lo que eventualmente marcará las diferencias.
Precisamente, el uso de esa abundante caja multipropósito es parte de la seducción que despliega el gobierno hacia las clases medias en materia político-económica. Se trata de direccionar así las mejoras objetivas de la economía hacia parte de la sociedad que hasta ahora se mostró esquiva al proyecto oficial. De allí que los anuncios de obras públicas se multiplican en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, mientras los subsidios se vuelcan masivamente hacia mejoras del transporte urbano, por ejemplo, haciéndole pagar al habitante de Jujuy o de Bahía Blanca un pedacito del boleto del habitual usuario del tren o el colectivo metropolitano.
Por su parte, el dinero que hoy le sobra a la clase media-alta, que no se gasta tampoco ni en gas ni en luz, tarifas que están congeladas desde hace mucho tiempo y que ayudan, además, a que algunos precios no se disparen más de la cuenta, le está permitiendo a esa franja de la población un interesante veranito de consumo y hasta, créditos mediante, cambios de automóviles o compra de electrodomésticos.
Es verdad que persiste la sensación de que hay dos inflaciones, una, para consumos relevados por el Índice de Precios, y otra, para los rubros que se escapan del mismo. Pero allí está el inefable secretario de Comercio, Guillermo Moreno, para ponerle un cepo a la medicina prepaga o a las cuotas de los colegios privados, o bien, para presionar a los bancos privados con el objeto de que, a partir de setiembre, entreguen créditos hipotecarios con cuotas iguales a un alquiler.
Sin embargo, todo este cóctel que a algunos les hace recordar la década del '90, incluido el tipo de cambio casi fijo, no alcanza para disimular la contracara de inseguridad que le hace temer al gobierno una concentración más que importante para el próximo jueves, pese a que Blumberg ha tenido que lidiar con más de un obstáculo.
De menor a mayor, el jefe de Gobierno porteño, Jorge Telerman, le sugirió que no haga la marcha, aunque a regañadientes, y mirando de soslayo a la Casa Rosada, aceptó prestarle equipos de sonido y la estructura para montar una tarima. Por su parte, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, lo castigó políticamente, poniéndolo en el papel de querer lucrar electoralmente con la muerte de su hijo.
Casi como anécdota, durante el fin de semana pasado, Blumberg se mostró en la cancha de Boca, Mauricio Macri mediante, pero no pudo acceder a la de Racing para convocar a la marcha, ya que "el gobernador (Solá) no lo permite", se le dijo. Y, durante esta semana, tuvo sus bemoles con Julio Grondona, para repetir la experiencia marketinera en los clásicos de esta fecha.
Por último, está el caso de Luis D'Elía, quien, en su papel de provocador profesional, amenazó con montar una contramarcha, al estilo de las fuerzas de choque de las juventudes hitleristas, justamente en la misma línea del mote -carteles mediante- que fuerzas afines al gobierno le endilgan a Blumberg. Sin embargo, y a juzgar por las cadenas de e-mails que se cruzan denunciando su "actitud patoteril", probablemente la intervención del funcionario le haya sumado unos miles de personas más a la marcha, antes que restárselas.
Por los antecedentes de D'Elía, su enjundia y verborragia no pueden llamar la atención, aunque, después del blooper que cometió en Corrientes con el millonario Douglas Tompkins, ya que cortó el candado de la tranquera equivocada, sus acciones bajaron mucho en el gobierno. Y es más que probable que alguna molestia ocasional se haya instalado en la Casa Rosada, tras sus declaraciones de la semana a la Revista Debate, ya que en un reportaje dijo estar "a la izquierda" del presidente de la Nación. O, lo que es lo mismo, que Kirchner está a su derecha