La vuelta al mundo
Lula y el Partido de los Trabajadores

Rogelio Alaniz

Por esas curiosas y sorprendentes acrobacias de la política, para la derecha brasileña el candidato que mejor expresa los valores del orden, la previsibilidad y el sentido común, es Lula. Si bien formalmente el candidato ideológico de la derecha en las próximas elecciones será Geraldo Alckmin, desde el punto de vista de la lógica de empresarios y burgueses en general, el hombre que les asegura lo que a ellos les importa es Lula. Es probable que alguno de estos multimillonarios vote por razones de solidaridad ideológica y de clase por Alckmin, pero lo hará con la tranquilidad de saber que más allá de un resultado electoral, sus intereses estarán bien resguardados. Ya se sabe que para los burgueses, una elección no es un test ideológico sino un trámite orientado a resolver cuestiones prácticas.

Pertenecen a un pasado cada vez más lejano, aquellos tiempos en que empresarios, comerciantes, clase media en general temía la llegada de Lula, a quien identificaban con la revolución social, la expropiación de las riquezas y la cárcel para los explotadores. Hoy nadie le hace esa imputación a Lula, ni siquiera el anticomunista más rabioso. El supuesto revolucionario, destructor del sistema resultó ser el dirigente más previsible de todos, el garante real y efectivo del orden burgués en Brasil.

Esta perspectiva también la comparte EE.UU, para quien Lula, comparado con Hugo Chávez, Evo Morales y el propio Kirchner, es el garante más confiable del orden en el cono sur. En términos parecidos piensan en Europa, y ésta es la resignada conclusión a la que arriban los principales analistas políticos de la región.

Es verdad que la felicidad nunca es absoluta y que siempre hay en la vida motivos para quejarse. Es posible que a algunos empresarios les moleste el peso de la economía estatal o el volumen de los impuestos; es posible que a otros les fastidie la corrupción desvergonzada de los dirigentes que en otros tiempos se llenaban la boca hablando contra el capitalismo. Ahora, la furia antiburguesa ha devenido en integración al sistema, estimulada por una irrefrenable pulsión para acumular riquezas. Con algo de cinismo y algo de sentido común, los empresarios se resignan a aceptar la condición corrupta de los funcionarios petistas. Lo que en la década del setenta no pudieron lograr por el camino de la represión, en el siglo XXI lo obtienen por la vía de la corrupción.

Fernando Henrique Cardoso, el sociólogo y el dirigente que en su momento fue acusado por el PT de ser un traidor y un vendido al imperialismo, hoy está cómodo a la izquierda de Lula, y mira con asombro, y algo de aprensión, cómo sus enemigos izquierdistas de ayer siguen siendo sus enemigos de hoy, aunque ahora, claro está, el lugar sea la derecha.

El Partido de los Trabajadores hace rato que se viene despojando de izquierdistas y ultraizquierdistas. Muchos de estos dirigentes, probablemente equivocados, -pero con un sentido de la ética mucho más consistente que los obscenos y descarnados burócratas sindicales, fogueados desde su más tierna adolescencia en las faenas de la coima- han mudado hacia el Partido Socialismo y Libertad, liderado por Heloísa Helena, ex dirigente petista.

Lo que queda como partido es la estructura corrupta de los burócratas sindicales, de la cual Lula es su máximo y más inofensivo exponente, ya que la cashasa y la caipiriña han provocado resultados que ni la lucha ideológica ni la represión política soñaron con lograr. Funcionarios del poder, intelectuales que descubrieron los beneficios de la buena vida y arribistas de todos los pelajes configuran la nueva estructura de gobierno que seguramente ganará en las próximas elecciones.

A favor del actual perfil del PT, se dice que entre los delirios revolucionarios de otros tiempos y este realismo populista, es siempre preferible el principio de realidad. Hoy el PT asegura, a través de los recursos clientelares, el apoyo de millones de desocupados y subdesocupados que dependen de los subsidios del gobierno y que están encuadrados políticamente en el universo simbólico de la tradición petista.

Según Henrique Cardoso, el PT se asemeja al peronismo en sus peores perfiles, es decir, un populismo sazonado por la prepotencia de sus burócratas, la corrupción de sus funcionarios y la demagogia sobre las clases populares, prisioneras de los discursos y las dádivas del poder. En términos prácticos, no se equivoca la burguesía brasileña en respaldar al actual esquema de poder, ya que no hay en el horizonte una alternativa superadora que asegure con tanta eficacia el funcionamiento del sistema.

El único candidato que podría derrotar a Lula sería Cardoso, justamente el dirigente que no quiere hacerlo porque considera que con dos presidencias ya hizo lo suyo. El otro dirigente con prestigio es José Serra, pero, como dijo George Soros hace unos días: "Las cosas han cambiado de tal manera que si antes la consigna para los empresarios era `Serra o el caos', ahora al consigna es `Lula o el caos"'.

Habría que preguntarse cuál es el precio que están dispuestos a pagar Brasil y la totalidad de su clase dirigente por soportar un sistema de poder que hoy asegura el orden, pero hacia el futuro no asegura el crecimiento ni el desarrollo. La opción del populismo corrupto como un mal menor podrá ser realista en un primer momento, pero en el plazo mediano y largo es la antesala de la catástrofe. Por definición, el populismo, o por lo menos cierta variante de populismo, conduce a las sociedades a callejones sin salida. Que Lula sea lo menos malo, no quiere decir que sea lo que necesita Brasil en términos históricos.