Al margen de la crónica
Trombonanza, aire para gozar

"Si el arte nos cierra las puertas, vayamos a una parrillada". La filosófica definición, improvisada por un señor que estaba en medio de un verdadero gentío que aún soñaba con comprar su entrada a unos pocos pasos de la boletería -pero fuera de la sala del Luz y Fuerza-, no pudo cambiarle la cara a Rubén Carughi.

El responsable de Trombonanza dijo "no tenemos más lugares". La gente pidió al menos poder oír, de pie y desde afuera, y ante tamaño gesto se abrieron las puertas para quienes no se fueron a consolarse con achuras.

Trombonanza es una suerte de Internacional del Trombón (y de su compañera de clase, la tuba) en la que los intérpretes de un instrumento que exige talento y fuerza, pulmones potentes y labios sensibles, se cuentan sus secretos y celebran las voces de sus cañones dorados y brillosos, carentes de pistones y teclas. Tienen esa barra corredera que va y viene con cada nota, que remite a la mecánica, la plomería, y por tamaño y equívocos, inocentes o no, a cierta comicidad circense: suenan grave y nostálgicamente a veces, otras intrépidos y filosos. "íAire!", aprendió a decir aquí uno de los geniales maestros extranjeros que vinieron generosamente a dar sus clínicas.

Músicos con mayúsculas de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, primerísimas figuras del instrumento de nuestro país y más de 120 ejecutantes. Ecuatorianos, peruanos, colombianos recorrieron medio subcontinente en micro para estar en Santa Fe. Ninguno cobró un peso. Tuvieron su premio: un público que además de aplaudir y premiar los solos -25 años de Jazz Ensamble mediante-, ha aprendido a escuchar.

Fueron tres noches perfectas de interpretaciones corales masivas (más de un centenar de soplidos) en el Paraninfo, de magníficas obras sinfónicas en el Teatro Municipal con nuestra primera orquesta, y de enorme jazz de pasillos repletos en el Luz y Fuerza.