Hugo E. Grimaldi (DyN)
Néstor Kirchner es un general que suele dar órdenes precisas y perentorias para que éstas se cumplan, pero para que se cumplan bien. No está acostumbrado a que nadie perfore las murallas de contención que ha sabido construir para edificar su poder político y mucho menos una cuarta línea de la tropa, en este caso el subsecretario de Tierras para el Hábitat Social, Luis D'Elía quien le produjo el jueves un notorio descalabro a la imagen del gobierno que integra.
El funcionario, en su nombre hasta que sea desmentido y desde la impunidad del insulto y de la agresión verbal, señaló con claridad a los cuatro vientos que, en materia de seguridad, el plan es que no hay plan. D'Elía no sólo metió en un berenjenal al gobierno, sino que terminó de paralizarlo, en paralelo con el mazazo que significó la convocatoria que Juan Carlos Blumberg hizo al unísono en la Plaza de Mayo.
La recurrente estrategia gubernamental es barrer debajo de la alfombra a los temas que no puede manejar. D'Elía se desbocó una vez más, casi como en aquella oportunidad, cuando irrumpió en la Comisaría 24 de La Boca. En esta ocasión, la estrategia oficial prefirió denostar al ingeniero, desacreditarlo por su manifiesta cercanía a la oposición y no atenderle los teléfonos, antes que mostrarle a la opinión pública un interés genuino por comenzar a encauzar el problema que más la alarma, la inseguridad.
El díscolo funcionario no sólo consiguió que los diarios del viernes no dividieran sus primeras planas entre su propio acto y el que hizo Blumberg, tal como se fantaseaba en círculos oficiales, sino que debilitó gravemente al gobierno del que forma parte, al mostrarse como un iracundo vocero en el tema que hoy cala más hondo en la sensibilidad de la gente.
Los que conocen al presidente han hecho trascender que su estado de crispación con la madeja que armó el "Gordo" (apelativo de D'Elía en el entorno presidencial), aún le duraba el viernes por la tarde, aderezada esa crispación por lo que consideró un exceso de Blumberg, al exponerlo a los silbidos de la gente.
La relación D'Elía-gobierno ya estaba complicada desde el miércoles, cuando, para zafar de la situación, el funcionario sugirió hacer un abrazo a la Casa Rosada a la misma hora del acto de Blumberg. Su padrino allí dentro, el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli desactivó la idea. Inmediatamente después, el ex piquetero, decidió coparle el acto a Adolfo Pérez Esquivel, quien lo había dispuesto para el día siguiente alrededor del Obelisco. Así fue que D'Elía consiguió de la noche a la mañana un palco que fue armado, desafiante, mirando hacia la Plaza de Mayo, para que la gente se ubicara en una avenida más angosta (la Diagonal Norte) y para que los manifestantes no se perdieran en la magnitud de la 9 de Julio.
Flaco favor le ha hecho entonces D'Elía a la "izquierda", a la que dice pertenecer, con su modo de exponer públicamente las cosas, ya que su discurso apenas fue un pastiche lleno de odio hacia la "derecha", a la que nombró de modo peyorativo y con asco, en una alocución divisionista que, es verdad, no contrasta demasiado con otras manifestaciones públicas de integrantes del mismo gobierno, pero que al menos se vuelcan con mayor elegancia y gracejo intelectual.
Ser un puntero con amplia convocatoria para movilizar gente en todos los actos, con métodos más o menos controvertidos, le pudo haber alcanzado a D'Elía para ser funcionario, pero nunca para ser un ejecutor, ni mucho menos un difusor, de propuestas que no existen y que constituyen un severo karma para el progresismo: estos definen con claridad y saben defender la tesis de que los problemas de inseguridad están en las causas, pero no encuentran planes concretos para remediar el problema, porque chocan notoriamente con cuestiones ideológicas.
Más allá de las desprolijidades de la ejecución, todo el problema para el gobierno parece partir de este mismo prejuicio, ya que en vez de convertirse en el factor de equilibrio que siente a una misma mesa a todas las posturas y los conmine a buscar soluciones para operar simultáneamente en mitigar las causas y para castigar adecuadamente las consecuencias, niega el problema y se paraliza porque probablemente cree que no encontrará la manera de imponer su propia voluntad.
Las soluciones no están a la vuelta de la esquina, pero lo cierto es que poco se hace desde el poder político para discutir algún camino intermedio y efectivo que asegure, dentro de la democracia que nadie desea perder, la inclusión social de muchos marginados y la aplicación severa de la ley para los delincuentes, con una Justicia rápida y efectiva y cárceles dignas y seguras. El ejemplo de la búsqueda de consensos en plazos perentorios, tal como se está haciendo con la nueva Ley de Educación, bien podría ser una variante a aplicar en una tarea tanto o más difícil.
Lo peor, lo más criticable, no es no tener un plan, sino no hacer nada, a la espera que la bonanza de este nuevo paradigma económico "derrame", tal el irreconocible argumento del progresismo (D'Elía incluido), ya que tiene puntos de contactos notorios con las críticas que ese mismo sector y el gobierno hacen a la tan odiada década del 90.
Una de las demandas más duras que hizo sonar Blumberg fue la necesidad de que los derechos humanos sean para todos. La frase golpeó de lleno al proceder siempre activo del gobierno en esta materia. Más allá de la chicana, al orador no le faltó razón: cuando un delincuente ataca no pregunta si el asaltado, violado, secuestrado o muerto es blanco o negro, pobre o rico ni mucho menos si es de derecha o de izquierda.
Poner a Blumberg como el malo de la película y separar las aguas entre garantistas y cultores de la mano dura no sirvió al presidente, debido a que el desorden de Luis D'Elía dejó desnudo al rey.