Al margen de la crónica
Un ilusionista del celuloide

Un ángel sin alas ni aureola llamado Clarence, salva a un hombre del suicidio mostrándole como sería el mundo si el no hubiera nacido. El senador Jefferson Smith viaja a Washington para luchar contra la corrupción reinante en el mundo de la política. Un gángster se redime de sus pecados cuando ayuda a una mujer de humilde condición. Historias inolvidables que forman parte de la auténtica y esperanzada concepción sobre el ser humano que poseía ese artista llamado Frank Capra, que eligió el cine como el medio para plasmar sus inquietudes.

Capra, nacido en Italia en 1897, y muerto un 2 de setiembre de 1991, quince años atrás, dejó un legado realmente prolífico y de calidad. Hoy está considerado un genio, aún cuando sus películas fueron subestimadas por muchos años, sobre todo por el público cínico y descreído por la amarga experiencia de la Segunda Guerra Mundial. "Vive como quieras" con Gary Cooper, "Sucedió una noche" con el protagonismo de Clark Gable, y las notables "Caballero sin espada" y "Qué bello es vivir", ambas protagonizadas por James Stewart, son sus obras más recordadas.

Plenas en valores éticos y llenas de optimismo sobre la condición del hombre, sus películas constituyen hoy un fiel reflejo de la Norteamérica de los años treinta. Como nadie, le tomó el pulso a aquella sociedad sumida en la depresión y en la sombra. Incluso, muchas de sus películas alcanzaron el pedestal de obras maestras.

La figura de Capra, a quince años de su muerte, se alza insoslayable para los amantes de las buenas películas que, con los años, fueron aceptadas en forma masiva. Hasta el punto de que cada vez que llegan las fiestas de fin de año, en los Estados Unidos "Qué bello es vivir" es trasmitida casi con la misma insistencia que "Canción de Navidad", de Dickens.