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Edición impresa del 24/09/2006 | Opinión Opinión

Los chicos de la calle y un plan del municipio

Los niños de la calle son un componente del paisaje urbano. No hace falta leer estadísticas para percibir que el número ha crecido en los últimos años y que la mendicidad, el desamparo y la explotación de la niñez se han constituido en un dato constante de nuestra realidad social. En los semáforos, en las esquinas, ofreciéndose para cuidar los autos o vendiendo chucherías, estos chicos son el testimonio de una situación social en la que están instalados como víctimas.

Las preguntas sobre los responsables de esta realidad no son fáciles de responder porque las causas son diversas, operan en diferentes planos del acontecer histórico y es muy difícil, por lo tanto, hallar una respuesta exclusiva. La primera tentación que se presenta es la de acusar a los gobiernos. No obstante, más allá de que tienen su cuota importante de responsabilidad, se sabe que, en muchas ocasiones, estos problemas trascienden a las administraciones municipales. Desde las ciencias sociales se puede hablar de la disfuncionalidad de un régimen, pero, en este caso, las respuestas no son unívocas.

Importa ubicar las causas, porque todo ensayo de solución debe hacerse sobre la base de un conocimiento acerca de los motivos que produjeron esta situación. Para ello sería deseable un estudio pormenorizado en relación con lo que está ocurriendo en nuestra sociedad y en los barrios marginales, en particular. Al respecto, el gobierno municipal debería articular sus iniciativas con aquellas instituciones que desde hace años trabajan con estos chicos.

Conviene recordar que, a principios del siglo XX, se sancionó una legislación de protección a los menores. En nombre de los valores humanistas de la modernidad, se consideró que una sociedad civilizada no podía permitir la explotación de los niños y, mucho menos, la mendicidad callejera. Ha transcurrido un siglo desde la sanción de aquellas leyes, y la situación permite apreciar cuánto hemos retrocedido en las últimas décadas.

Los programas que se han diseñado en nuestra ciudad no han tenido hasta el momento resultados importantes. Por el contrario, la presencia de chicos en la calle ha crecido, más allá de los esfuerzos aislados del Estado y de instituciones civiles laicas y religiosas. Actualmente, el gobierno municipal ha decidido encarar de modo integral este problema a través de un proyecto que incluye cooperativas de trabajo que permitan contener, educar y capacitar.

Los esfuerzos públicos y privados que se hagan respecto de esta cuestión son siempre bienvenidos, pero no se debe perder de vista que, para obtener resultados socialmente satisfactorios, es necesario disponer de recursos, orientarlos correctamente y no despilfarrarlos en burocracias incompetentes y operaciones clientelísticas.

Se sabe que estos dramas sociales se corrigen con desarrollo económico y políticas públicas. No obstante, la experiencia enseña que los procesos de integración no son sencillos; que hace falta la intervención inteligente del poder público mediante la determinación de orientaciones y prioridades, así como para controlando la ejecución de los planes. La pregunta que surge en esta cuestión es si el Estado municipal está en condiciones de afrontar solo esta responsabilidad.





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