Rogelio Alaniz
Si alguna ilusión se habían hecho los líderes opositores para esta segunda vuelta, los números de las urnas las derrumbaron sin misericordia. El sesenta por ciento de los brasileños decidió que Lula fuera presidente hasta el 2010. Las especulaciones de que perdería más votos en la segunda vuelta se evaporaron en el aire; las expectativas de que Alckmin crecería también se diluyeron en la arena: el candidato socialdemócrata (no sé por qué lo llaman socialdemócrata porque de socialista me parece que no tiene nada) perdió votos con relación a la segunda vuelta, lo que demuestra que una franja importante del electorado independiente decidió confiar en Lula.
Las denuncias sobre la corrupción del gobierno del PT no tuvieron el efecto esperado en esta segunda vuelta: es más, daría la impresión de que el electorado se cansó de escuchar tantas denuncias, y en algún momento una táctica que parecía exitosa se transformó en su contrario. Sobre todo cuando se extendió la sospecha, que salvo denunciar episodios de corrupción la oposición no tenía otra propuesta creíble para hacer.>
Por otra parte, Alckmin no las tenía todas a su favor para transformarse en el fiscal de la república o en un emblema de la moralidad pública. Si bien él en términos personales no era objetado, muchos de sus acompañantes y aliados estaban muy comprometidos con negociados públicos y privados. Por último, la alternativa de que alguna denuncia "sensacional" derrumbara a Lula no se cumplió. La oposición no sacó conejos de la galera posiblemente porque nunca los tuvo.>
Las campañas moralizadoras suelen dar buenos resultados, pero reclaman que se cumplan dos cuestiones para ser efectivas: que las denuncias sean creíbles y, sobre todo, que los denunciadores sean creíbles. En cierto momento en Brasil estas dos exigencias perdieron efectividad. Los aliados de Alckmin pertenecían en muchos Estados a la derecha más rancia y con esos personajes trepados en las tribunas se hacía muy difícil conquistar votos; otros no eran de derecha pero estaban procesados junto con los corruptos del PT.>
La memoria histórica en estos casos suele ser una buena ayuda. En las elecciones presidenciales de 1928 en la Argentina, los conservadores no podían entender cómo pudo ser posible que Hipólito Yrigoyen ganara por una diferencia de votos tan amplia. Toda la derecha de entonces había cerrado filas detrás de los candidatos del radicalismo antipersonalista. Se suponía que la UCR dividida perdería votos y que, por lo tanto, había llegado la hora para los que habían sido desplazados del poder en 1916.>
El radicalismo en 1928 realizó la elección más exitosa de la historia: más del sesenta por ciento de los votos. Los diarios hablaron entonces de un verdadero plebiscito, mientras que la derecha seguía sin entender lo que pasaba. La respuesta que dan los historiadores a este interrogante, es que entre los sectores independientes y de bajos recursos hubo miedo al regreso de una derecha que prometía tomarse la revancha después de haber estado más de diez años lejos del poder.>
Algo parecido pudo haber ocurrido en Brasil en esta segunda vuelta. La candidatura de Alckmin fue copada por esta derecha revanchista y el PT trabajó con habilidad el recurso del miedo, habitualmente usado por los conservadores para impedir los cambios. Se sabe que, por lo general, las sociedades contemporáneas les temen a los cambios, a los que sólo aceptan cuando están muy bien justificados. Las sociedades son conservadoras por definición y, la paradoja, es que ese conservadorismo en el caso que nos ocupa las lleva a votar a un candidato de izquierda o, si lo prefieren, de centro izquierda, que se presenta como garante del orden, la continuidad, la seguridad, e, incluso, de lo menos malo.>
La popularidad de Lula, su carisma, su capacidad para llegar a los sectores más humildes de la sociedad, también ha tenido mucho que ver a la hora de explicar el triunfo. Lula es un verdadero líder popular, con todas las virtudes y todos los defectos. Ante los sectores humildes y populares se presenta como uno más, como un hombre del montón. Se trata de un montaje, de una puesta en escena, por supuesto, pero ese montaje es formidable, esa puesta en escena es eficaz, dos logros que Lula puede realizar sin demasiadas complicaciones y que a Alckmin les están vedadas.>
El liderazgo de Lula es demagógico, manipulador, como suelen ser todos los liderazgos, pero la gente le cree porque más allá de maniobras y picardías, lo cierto es que Lula efectivamente viene de abajo, conoce como nadie las necesidades cotidianas de los pobres y sabe hablar, caminar, reír y fumar como ellos. Para las clases populares, el gobierno de Lula no es perfecto; pero por su lógica, por su base social puede ser presionado, mientras que candidaturas como las de Alckmin no les dicen nada, o lo que les dicen, no tiene nada que ver con sus intereses.>
A ese electorado, las denuncias sobre la corrupción de Lula lo dejan indiferente, porque no creen en ellas, no creen en quienes denuncian, y, porque, lo poco que creen se lo disculpan, en tanto, para el imaginario popular "Lula es como nosotros". Esta ficción política de identificar al presidente con el pueblo es tramposa, pero tiene asidero real. En todo caso, lo que debe cuestionarse seriamente no es tanto la manipulación de las conciencias como la manipulación de las instituciones: queda claro que si el presidente es como cualquier vecino de la favela, la democracia representativa como tal queda anulada o reducida a su mínima expresión.>
Lula tiene ahora cinco años por delante para gobernar. Muchos de los que lo acompañaron cuando asumió la presidencia por primera vez ahora no están: algunos porque están procesados, otros porque se fueron dando un portazo debido a las supuestas capitulaciones ideológicas del PT. Tampoco son similares las expectativas de la población. Los grupos de poder saben que Lula no es un enemigo del capitalismo; por su parte, las clases populares tampoco esperan soluciones mágicas.>
En nombre de la prudencia, habría que decirles a los señores del PT que no se ceben con la victoria. En la política contemporánea, los pueblos no extienden cheques en blanco. La lealtad de las clases humildes a Lula parece ser fuerte; pero es la experiencia la que enseña que los amores de las clases populares por sus líderes no suelen ser muy constantes, ya que al primer desengaño no tienen demasiados escrúpulos en odiar lo que ayer amaron.>