Edición del Martes 05 de diciembre de 2006

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Cartas a la dirección

Reflexiones ante la muerte de un ser querido

Señores directores: El pasado 14 de julio falleció mi padre, Armando Angel Biotti. Su muerte fue totalmente inesperada y repentina, dado que no lo aquejaba ninguna dolencia ni enfermedad terminal. Su partida fue diferente del proceso que padecen muchas familias, que deben convivir con una prolongada afección de sus seres queridos, previa a su desaparición. En uno y otro caso, el dolor que se siente por la pérdida de un familiar directo es igual de profundo y penoso.

Pero, ¿cómo nos paramos frente a la muerte? ¿Cómo asimilamos tan tremendo hecho? ¿Cómo reflexionamos sobre ella sin somatizar, hasta terminar de aceptar que tu viejo ya no está? Debería ser un hecho natural, hasta casi común, diríamos. Pero no lo es, por el gran desconsuelo que desencadena.>

De igual forma, no creo que pueda ser comparable o equiparable ese dolor. La pena que cada uno siente es muy personal. Cada familia la sufre en su fuero íntimo con la misma intensidad con que vivió y construyó la relación con quien ya no está. En el caso nuestro, duele aún más, porque nuestro viejo estuvo siempre presente en nuestras vidas junto con mi madre; acompañando nuestros proyectos, aconsejándonos, respaldándonos. Nunca fue indiferente a nuestros pesares y problemas. El mayor patrimonio que nos legó fueron sus valores. Solidario hasta más no poder con familiares y amigos. Respetaba a rajatabla la palabra empeñada y hacía un culto del pago de sus deudas. Valores que quizás hoy se estén perdiendo o transformando por una crisis aguda que desdeña este tipo de actitudes, en aras de enaltecer otras mucho más inconsistentes o superfluas.>

Quizás haya que otorgarle otro sentido al proceso de duelo, prepararse para la pérdida del ser querido, restarle dramatismo, fortalecerse interiormente para superar la situación. De hecho, ésta implica un aprendizaje forzoso, en cuanto a que hay que iniciar una nueva etapa con una ausencia irremediable, con todo lo que ello implica en las respectivas vidas cotidianas de cada integrante de la familia. Sin dudas, el tiempo ayudará a completar este aprendizaje y cada miembro de la familia seguramente adoptará un perfil diferente en esta nueva etapa de la misma.>

Todos estos días me imaginé qué habría estado haciendo mi viejo en tal hora o situación. Se me agolparon de golpe recuerdos, comentarios, anécdotas, que antes, estando él vivo, se almacenaban en mi memoria a la espera de aflorar alguna vez. Quizá ésa sea la función primordial de la memoria: no dejar que languidezca nuestro pensamiento sobre nuestros seres queridos, a través de recuerdos incesantes y perdurables. Tal vez con el paso del tiempo ese pensamiento se atenúe o debilite.>

Ahora tenemos por delante el arduo desafío de continuar con nuestras vidas. Respetando los valores que nuestro viejo nos supo inculcar con su postura de vida. En ese empeño, alimentaremos nuestro recuerdo sobre su persona.>

Hace poco fui con mi madre al cementerio. Aún podía leerse un pequeño cartel escrito por mi hija, que pegó en el nicho el día del entierro. Sintetiza a la perfección lo que sentimos todos: "Abuelo: siempre te llevaré en mi corazón".>

Ricardo A. Biotti.>

DNI: 17.633.731.>





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