La actitud de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, de rendirle honores al general Augusto Pinochet como comandante en jefe de las fuerzas armadas pero no como jefe de Estado, revela el esfuerzo de la clase dirigente chilena por tratar de reconciliar a una nación que treinta años después del golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende sigue dividida, aunque no con la intensidad de otros tiempos.
La extrema derecha y la extrema izquierda han manifestado su desacuerdo con esta decisión equilibrada de un gobierno cuyos principales referentes no sólo son opositores de Pinochet, sino que en algunos casos han sido sus víctimas, como por ejemplo, la propia presidenta que estuvo detenida por el dictador, mientras su padre moría como consecuencia de los tormentos.>
Tal vez, con este acto, concluye en Chile la transición del autoritarismo a la democracia. Desde hace por lo menos diez años, Pinochet era un obstáculo para la reconciliación nacional y la propia derecha debía resignarse a aceptar una situación que ellos mismos hubieran deseado corregir mucho antes. Las crecientes denuncias por violaciones a los derechos humanos, y los procesos por corrupción fueron minando la autoridad del viejo dictador cuyo prestigio político entre la derecha, en sus últimos tiempos, estaba muy deteriorado, pero seguía siendo importante, símbolo del poder militar prestigiado entre las fuerzas armadas.>
Lo que siempre quedó en claro es que a Pinochet se lo podía criticar, odiar o algo peor, pero no se lo podía ignorar. El militar que encabezó el golpe de Estado de 1973 y que manejó al país con mano de hierro durante más de quince años, supo al mismo tiempo despertar grandes adhesiones populares, al punto que para 1990 podía decirse, sin exagerar, que alrededor de un cuarenta y cinco por ciento de los chilenos simpatizaba de una manera más o menos eufórica con el general que "había derrotado al comunismo".>
Los militares chilenos no se desprestigiaron como sus pares argentinos. La transición del autoritarismo a la democracia tuvo que ser monitoreada con mucha prudencia por parte de los dirigentes políticos opositores, al punto que la herencia que el régimen militar dejó a la democracia consistió en una red de disposiciones legales que aseguraban por diferentes caminos la presencia militar en el poder y la impunidad de los represores.>
El problema que se le presentó a los demócratas chilenos fue cómo asegurar la transición en estas condiciones. En ese sentido, la prudencia de dirigentes como Patricio Aylwin o Ricardo Lagos, para citar los más destacados, fue ejemplar. Sin renunciar a sus objetivos democratizadores y republicanos, privilegiaron en todo momento el consenso y la reconciliación en un país en donde esa tarea no era sencilla.>
Michelle Bachelet expresó muy bien este criterio cuando dijo que lo importante en todos los casos es pensar en la Nación. Desde el punto de vista personal o ideológico, ella tenía muy buenas razones para odiar a Pinochet y a todo lo que él representó, pero ella es la presidenta de todos los chilenos y no de una facción. En ese sentido, su actitud revela madurez y equilibrio, dos virtudes que estuvieron presentes en Aylwin y en Lagos, y que son las que han permitido que hoy Chile sea una de las democracias más consistentes y modernas de América latina.>