A ver: el problema no son las palabras, léase, su ordenamiento en un sintagma, esto es, el encadenamiento en una secuencia lineal o en una formación lógica en tiempo y espacio. El problema no es la elección de las palabras, la aparición de unas y la ignorancia de otras, el uso de un término o de su aparente sinónimo; el problema, dígase, es la fecundación, el entrecruzamiento, la ligazón, lo que ocurre por la coexistencia de éstas en un espacio común. El problema es, subráyese entonces, la construcción o ausencia de una armonía, causada de la colisión de unos vocablos y otros, y la pausa o la aceleración que se desprende del blanco que las divide.
El problema, dedúzcase, es el ritmo, lo que llaman musicalidad o tono o cadencia o atmósfera, un algo que se escapa de los análisis hermenéuticos y los manuales, y que no es específicamente ni la puntuación, ni la temática, ni el argumento, ni los rasgos de los personajes, ni el tiempo o bien, entiéndase, incluye a todo ello en otra categoría innombrada e inabordable.>
El problema es, clarifíquese, ese algo que se produce unas veces y tantas otras no, que hace que un relato, un ensayo, una novela, ejerza un hipnótico embrujo sobre el que lee y, véase, que deviene en la arquitectura de un clima de resonancia, acústica podríamos decir, inigualable. Dígase: lo importante es el ritmo; el vértigo, el paso acompasado o la morosidad en que se invita a sumergirse al lector. Pero, pregúntese, dónde se aprende ese arte, esa sutileza, ese oído; aprehéndase esto: el problema es formar el oído para el ritmo, un oído "para la acción dramática" (*), que imprima un particularísimo compás al texto. El problema, agréguese, no son las repeticiones o las variaciones o las influencias o la pertenencia a las escuelas; el problema es el ritmo, el acento, la percepción del avance del cuerpo del texto como un todo; su vibración, su sonoridad. El problema, obsérvese, no es la gramática ni la lingüística ni el análisis estructuralista de los relatos; el problema, percíbase, no se reduce a una cuestión matemática de cálculo por el que puede estimarse que, para la construcción de un texto, existe un orden férreo y prefigurado por el cual a un artículo le sigue un sustantivo o un adjetivo, y luego los complementos, y luego los adjuntos del sujeto, y luego el verbo etc. etc ...>
El problema, concíbase, no es la lectura; el problema es qué se hace con las influencias o, más aún, cómo resuenan y qué dejan en cada uno las obras, qué eco permanece en nosotros una vez acabada la página. El problema es, disciérnase, sépase, regístrese, encontrar el hambre suficiente para tener presto el oído, para hallar un ritmo propio, para plasmarlo en una escritura de intransferible musicalidad. El problema es, conclúyase, cómo construir, modelar, forjar, ápice sobre ápice, un ritmo, darlo al mundo como ofrenda mínima pero laboriosa, para luego descansar.>