La vuelta al mundo
China y la privatización del comunismo
Por Rogelio Alaniz

Los comunistas chinos han resuelto regular la propiedad privada. A esa iniciativa se la llama "un salto hacia adelante". Cuarenta años atrás, el salto hacia adelante lo representaba la colectivización forzosa de la economía. Hoy el mismo giro refiere exactamente a lo inverso; pero a estas paradojas de la historia los comunistas chinos las justifican en nombre de la dialéctica, un recurso retórico que hoy carece de entidad filosófica, pero que permite justificar lo injustificable y, como diría Jorge Semprún, caer siempre bien parado.

La llamada Asamblea Nacional Popular votó por abrumadora mayoría la legislación privatista. Como suele pasar con este tipo de instituciones, que de asamblea no tiene nada y de popular muy poco, se permitió una ínfima disidencia expresada por comunistas de la guardia vieja y burócratas estatales interesados en mantener el antiguo sistema, no por razones solidarias o socialistas, sino porque con la economía pública monopólica hacen excelentes negocios y se aseguran el control no sólo de la economía sino del Estado.>

Curiosamente, los comunistas que se oponen a la privatización son considerados conservadores o tradicionalistas, mientras que los defensores de la economía de mercado reciben la designación de modernos y progresistas. Cuarenta o cincuenta años atrás, las designaciones invertían su contenido: los colectivistas eran revolucionarios y los defensores de la pequeña propiedad eran considerados reaccionarios o cosas peores.>

Para poner las cosas en su justo lugar, habría que decir que China no es una economía de mercado y mucho menos una sociedad democrática, de acuerdo con los cánones occidentales. En el más piadoso de los casos podría decirse que existe una progresiva transición hacia la economía capitalista regulada por un Estado que sigue siendo despótico, represivo y el principal agente de corrupción económica.>

Lo que está fuera de discusión es la vigencia de la propiedad privada que en las actuales circunstancias beneficia a más de 300 millones de personas (en un país de 1.400 millones de habitantes) y representa más del cincuenta por ciento del ingreso nacional. Los viejos y los nuevos comunistas chinos son los más interesados en mantener este sistema mixto de economía, que les ha permitido movilizar la economía y, de paso, enriquecerse.>

China exhibe al mundo los beneficios del capitalismo, con las ventajas de la dominación comunista. La fórmula de economía de mercado con un sistema de dominación política despótico es funcional a sus tradiciones históricas y expresa el sueño y la fantasía de más de un capitalista occidental, que mira con nostalgia la eficacia de un sistema que asegura todas las ventajas de la competencia burguesa, sin trabas legales importantes y sin movimientos obreros que presionen a los empresarios para mejorar los salarios y otras sutilezas por el estilo.>

La experiencia china demuestra una vez más que el comunismo en estos países pobres y atrasados resultó el camino más corto para acceder al capitalismo. El marxismo en China nunca fue una planta genuina. Mao recurrió a él como podría haber recurrido al fascismo o a cualquier variante ideológica que fuera funcional a un proyecto político de dominación. El marxismo operó en China como un factor ideológico en el sentido más marxista de las palabras, es decir, como una mixtificación y justificación de la acción política.>

Los favores recibidos no fueron pocos. Gracias al marxismo se organizó el Estado, se constituyó la nación y se definió, desde el Estado, un modelo primitivo pero eficaz de acumulación económica. Sólo a los marxistas occidentales, y muy en particular a sus intelectuales, se les pudo ocurrir que el marxismo en China era la clave de la liberación humana. Sólo ellos creyeron que la revolución cultural era un camino hacia la formación del hombre nuevo o que la pelea con la URSS obedecía a razones ideológicas acerca de la fidelidad a un proyecto revolucionario mundial.>

Recuerdo que a fines de los años sesenta y principios de los setenta nos peleábamos en las asambleas universitarias, discutiendo si el mejor camino para la revolución mundial era el que postulaba Mao Tse Tung, a través de la guerra popular prolongada y las enseñanzas del Libro Rojo, que todos leíamos con fe de creyentes, entre otras cosas, porque hasta un analfabeto podía entender esa sarta de vulgaridades y lugares comunes que había escrito el Gran Timonel y que, entonces, nos parecían una maravilla de síntesis literaria.>

Con la sutileza teórica que lo distinguía, el jefe del Partido Comunista argentino, Victorio Codovilla, había escrito un folleto (nunca le dio el cuero para escribir otra cosa que no fueran folletos) titulado "�Hacia dónde marchan los cismáticos, desviacionistas, renegados, troskizantes chinos?", un título que lograba la proeza literaria de transformar una pregunta en una imputación y que hubiera hecho las delicias de Torquemada.>

La respuesta a ese interrogante heideggeriano, don Victorio la encontrará cuarenta años después: los renegados chinos marchaban hacia el capitalismo, pero en la misma dirección marchaban también los burócratas rusos, con la diferencia de que los chinos lo hicieron a través de reformas institucionales más serias, mientras que los rusos prefirieron el camino de las operaciones mafiosas, un método que ese experto en aniquilar disidentes, como fue Codovilla, no hubiera vacilado en aplicar si las circunstancias se lo hubieran permitido.>

La experiencia china demuestra que la historia avanza por los caminos más intrincados y valiéndose de los recursos y argumentaciones más cínicas. En términos prácticos, el marxismo le sirvió a los chinos para instalar un aceitado andamiaje represivo que aún funciona con sus cárceles, campos de concentración y explotación de mano de obra semiesclava. Las organizaciones humanitarias denuncian estos excesos, pero los políticos y empresarios occidentales miran para otro lado o se hacen los distraídos, porque China hoy es un gran negocio que nadie está dispuesto a estropear por minucias relacionadas con los derechos humanos.>

Que la gran enseñanza que dejó el comunismo a la humanidad en el siglo veinte fue un refinamiento racional en el montaje de estructuras represivas, es una verdad que se confirma en China, pero también se verifica en la ex URSS y en todos los lugares en donde en nombre de la redención humana se implantó el comunismo.>

En todos los casos, el denominado comunismo de las sociedades atrasadas no fue más que una coartada histórica para asegurar la transición hacia sociedades industriales. La herencia del comunismo no existe en el campo de la cultura, de la investigación o de la humanización de las relaciones sociales. Su exclusivo aporte se expresa en la eficacia de sus cárceles y campos de concentración, la perversidad de sus sistemas de espionaje y su formidable y abrumador aparato de propaganda internacional.>

Decíamos que en China la transición al capitalismo se está realizando con relativa prolijidad. En Rusia, este proceso se realiza dominado por mafias económicas y políticas, formadas bajo el régimen comunista y que, gracias al poder acumulado, lograron apropiarse de la riqueza pública. Yeltsin, Putin y los burócratas que hoy gobiernan Rusia son un producto genuino del régimen comunista. Sus vicios, sus corruptelas, su refinado y brutal sadismo no lo aprendieron en el capitalismo, lo ejercieron en el comunismo.>