Miles de personas inundadas, barrios enteros completamente anegados, centros de evacuados, una cifra incalculable de autoevacuados. Ese es el panorama que ofrece por estos días la capital de la provincia, luego de interminables jornadas de lluvias torrenciales y apenas superado el último pico de crecida de los ríos. No es una situación diferente de la que registra toda la región: campos bajo agua, pueblos y ciudades con serias complicaciones, a lo que se suman las dificultades que acarrea el estado de las rutas -muchas de ellas intransitables- pueden asimilarse a la descripción de buena parte del territorio santafesino.
En medio de este cuadro, materializado en inéditos registros de precipitaciones, se aproxima un nuevo aniversario de la mayor inundación que haya padecido Santa Fe. Y para quienes la sufrieron, muchos más que los damnificados directos, las comparaciones son inevitables; como entonces, fueron miles las personas que debieron abandonar sus viviendas y pertenencias para buscar un lugar seco y seguro. Como hace cuatro años, otras miles permanecieron sobre los techos y a la intemperie por temor a los saqueos, pero con mínimos recursos para sostenerse. >
Es cierto, en este caso no se trata de un aluvión, sino del progresivo aumento del caudal de agua como consecuencia de las lluvias. La inundación no atacó por sorpresa ni de noche. Pero el dolor, la desesperación, la sensación de impotencia y la seguridad que se desvanecía junto con el agua a los pies de tantos santafesinos, son los mismos. >
El punto es que no se suponía que otra vez fuese lo mismo. La tragedia de 2003 no debió haber sido en vano: desde entonces se volvieron habituales términos y expresiones, programas y proyectos concebidos y diseñados precisamente para eso.>
El cierre de las defensas, tardíamente completado para impedir el avance de los cauces desbordados de los ríos circundantes, demoró el escurrimiento del agua. Pero esa circunstancia, necesariamente conocida por los entendidos y funcionarios responsables, debió haber sido la base para tomar los recaudos correspondientes: las bombas extractoras debían estar ahí y no que sea necesario salir a buscarlas con los barrios ya anegados. La infraestructura de las instalaciones eléctricas debió prever la posibilidad de un tendido aéreo y no someterse al peligro de que las precipitaciones inunden las cámaras subterráneas y dejen a casi media ciudad sin luz. El promocionado Plan de Contingencia debió estar a punto para funcionar efectivamente, y no deshacerse en el desconcierto de los vecinos que, prudentemente, fueron instados a abandonar sus hogares, pero no siempre encontraron adónde ir o quién les dijera qué hacer. La ayuda a los damnificados debió ser organizada desde el primer momento, para no sumar zozobra a una situación ya dramática y, para muchos, repetida.>
En medio de la emergencia, las críticas deben ser medidas y orientadas a facilitar el tránsito hacia su superación. Pero sería irresponsable atribuir todo a la fatalidad y necio consentir que, una vez más, no exista vocación o aptitud para aprender de los errores.>