La Argentina está disfrutando desde hace un par de años de las consecuencias de un sorpresivo crecimiento económico, a un nivel que pocos podían imaginar cuando el presidente Néstor Kirchner comenzó su administración. Aumentaron las exportaciones y con ello la recaudación en las arcas del Estado, se verifica un "boom" inmobiliario que multiplica por varias cifras el desarrollo de industrias complementarias de la construcción, lo que redunda en más empleos y en mejores salarios. Recientes encuestas indican que la gente siente que tiene más posibilidades de salir de la desocupación, que teme menos la chance de perder sus empleos y tiene más esperanzas en mejorar su nivel de ingresos. El consumo crece, volvieron las compras a crédito. Las cosas van mejor que antes.
Esos datos figuran en el haber de esta administración. En el debe, siempre en cuanto a la situación económica, la inflación sigue creciendo incontenidamente y ya asoma con peligrosidad el aumento del gasto público, dos factores que en otros gobiernos probaron ser fatales porque no fueron controlados a tiempo. A rasgos generales, el país entró en una suerte de normalización económica que mantiene de mejor humor a los argentinos. Ante un panorama concreto como el descrito, no hay forma de explicar cuál es la causa que lleva al presidente a mantener, fomentar, acrecentar su política de enfrentamiento. Si no existen los fantasmas, Kirchner los crea. Por eso aparece en público siempre crispado, si no enojado, advirtiendo sobre acechanzas que ponen en riesgo la continuidad de su gobierno, golpeando a opositores que tienen una fuerza tan desigual con la del poder que le quedan ínfimas chances para poder generar una desestabilización, si eso es lo que buscaran, o atacando a la prensa porque no escribe lo que él quiere leer.>
Kirchner inventa un panorama político rodeado de peligros. Se dibuja como un ser indefenso refugiado sobre un pedestal, rodeado de fieras listas a darle el zarpazo. La gente lo escucha hablar desde los diferentes púlpitos que elige y no alcanza a entender dónde están quienes lo quieren voltear de su lugar, cuáles intereses estarían poniéndolo en peligro, si los grandes grupos económicos de poder están atravesando un período de bonanza favorecido por la política gubernamental.>
Salvo puntuales reclamos sectoriales, como el de los ganaderos de estos días, o el de los docentes de Santa Cruz, no se observa en el panorama social ninguna nube que plantee la amenaza de descargar sobre los actuales habitantes de la Casa Rosada un huracán. Pero el presidente sigue construyendo trincheras para parapetarse en esos refugios, con un casco en la cabeza y un discurso encendido. Es obvio que el largo conflicto de los maestros en su provincia natal lo enerva hasta lo imposible, pero también está claro que los docentes de ese territorio están expresando hartazgo por largos años de políticas autoritarias.>
Kirchner aparece pegando puños al aire constantemente. Quién sabe por qué misteriosa razón, le pareció oportuno para acarrear rédito político el sostener que un enfermo mental que chocó varios autos y volcó cerca de su casa en Río Gallegos en realidad era una suerte de terrorista vernáculo que casi quería emular a los conductores de la Trafic que estalló fuera de la AMIA para destruirlo a él, aunque no estuviera en su casa. De tan desproporcionada, la interpretación que hizo de esos hechos generó rechazos, y hasta una sensación de amargura en la gente. Y por añadidura, las directas acusaciones del ministro del Interior, Aníbal Fernández, sobre una supuesta connivencia del terrorista con los dirigentes radicales de la provincia patagónica, le valió una serie de pedidos de informes parlamentarios e incluso de denuncias en los estrados judiciales.
Es difícil imaginar ese complot diseñado por el ministro que conduce la cartera política. Pero fue palpable, en la semana que pasó, la crispación de los hombres que rodean al presidente contra la prensa, que puso el hecho en sus justos términos, lo que no tardó nada en quedar demostrado: el hombre que se robó un camión e hizo un raid alocado era, precisamente, un loco. Nada más que eso. Y todavía no se demostró si en verdad quería "meterse en la casa del presidente", como dijeron los hombres de Kirchner. Tanto Kirchner como Fernández aseguraron prematuramente que se trataba de un hombre en su sano juicio, cuando ya pericias psiquiátricas probaban las alteraciones mentales del chofer y los archivos hospitalarios revelaran que había tenido al menos seis ingresos a centros de salud por sus problemas de insanía.>
A esta altura cabe dudar, en principio, sobre la habilidad de los hombres que tienen el deber de acercarle la información al presidente. Kirchner no puede estar detrás de cada detalle, y debe confiar a sus colaboradores la búsqueda de datos que él luego utilizaría para sus argumentos e hipótesis. �No hubo ninguno de los numerosos funcionarios del área de prensa, o de los del Ministerio del Interior, que no hayan podido saber a tiempo, y advertirle al presidente, que efectivamente Juan Mansilla es un loco?>
En otras geografías, con democracias bien consolidadas y estables, un error de semejante naturaleza podría haberle acarreado al primer mandatario un alto costo político. Pero a favor del poder, la realidad demuestra que la memoria, o de atención, contribuyen a que todos esos episodios queden reducidos a una mera anécdota. Pero si se lo analiza como una cuestión de fondo, de anécdota tiene poco. Hechos como ellos revelan una extraña, incomprensible y hasta peligrosa distancia de las creencias de los hombres del poder respecto de la realidad. Como si también en ese ámbito faltara sensatez y equilibrio. Qué podría sentir la ciudadanía si sus conductores no fomentan ese equilibrio como una tesis primordial.>
Al final, Kirchner y sus hombres parecen siempre estar tentando al diablo, como si buscaran que enfrentamientos imaginarios se conviertan en combates verdaderos. �A quién le conviene la tensión continua, la desarmonía, la crispación? A nadie. Por eso es muy difícil desentrañar los últimos motivos del kirchnerismo que siempre busca la forma de presentarse como potencial víctima, seguro blanco de fuerzas oscuras e incontrolables.>