Podría decirse que por unanimidad la opinión pública nacional condenó los actos de barbarie perpetrados por manifestantes de Río Gallegos contra Alicia Kirchner, funcionaria y hermana del presidente. Oficialistas y opositores e, incluso, dirigentes sociales, expresaron su condena a las agresiones contra una mujer, que un sábado al mediodía estaba almorzando en un restaurante de la ciudad capital de Santa Cruz acompañada de sus hijos y de amigos.
El episodio puso en la picota el método violento practicado en la Argentina conocido como "escrache", una práctica conectada con las tradiciones fascistas que consiste en recurrir a patotas o grupos de choques para castigar por la vía de la agresión verbal, simbólica y, en más de un caso, material a determinadas personalidades públicas.>
El caso de Alicia Kirchner adquirió particular gravedad no sólo por sus relaciones familiares con el poder, sino por el grado de ensañamiento de los manifestantes. Si bien los dirigentes docentes santacruceños luego tomaron distancia de lo sucedido, queda claro que de una manera directa o indirecta fueron ellos los que estimularon la acción y luego no pudieron controlar sus consecuencias.>
El "escrache" corre el riesgo de transformarse en el método preferido por diferentes bandas violentas y radicalizadas para saldar sus diferencias. Grupos facciosos y minoritarios pretenden a través de esta metodología resolver aquello que no pueden resolver por la vía del consenso. Lo ocurrido en Santa Cruz debería ser un llamado de atención para todos, incluso para el propio gobierno nacional, que hoy es víctima de estas metodologías pero que en su momento fue victimario, alentando o tolerando el "escrache" a empresarios, militares, sacerdotes o dirigentes políticos disidentes.>
Quienes justifican estas prácticas fascistas señalan que es el único camino que encuentran ciertos sectores para protestar contra las injusticias. Incluso, aceptando el principio real de que las injusticias existen, el escrache como método no resuelve nada y en más de un caso agrava las situaciones sumando a las injusticias, más injusticias.>
El caso de Santa Cruz con Alicia Kirchner es ilustrativo. Lo que cambió las relaciones de fuerzas en esa provincia fue dado por las amplias movilizaciones sociales, no los escraches, que por el contrario desprestigiaron o empañaron los objetivos democráticos y populares de una movilización. Una vez más la experiencia histórica enseña que las realidades injustas se cambian alentando la participación social y la legitimidad de los procedimientos. La violencia de las minorías, por el contrario, consolida las injusticias y estimula respuestas parecidas.>
Lo que importa, en definitiva, es que una sociedad, un sistema político, logre establecer reglas de juego claras que aseguren la convivencia social. Las reglas de juego incluso son más necesarias cuando se trata de procesar los conflictos. Una sociedad sin reglas de juego en este campo es una sociedad que marcha hacia la desintegración, la violencia y, en todo caso, un ajuste de cuentas autoritario para reinstalar el orden perdido.>