Tiempo atrás, concurrir a un banco para cobrar sueldos, retirar fondos, hacer depósitos o pagar impuestos y servicios, suponía hacer colas que avanzaban con mucha lentitud en un horario restringido. Gracias a los progresos tecnológicos y a la inversión de las instituciones crediticias, la incorporación de cajeros automáticos prometió solucionar en parte tan burocratizadas tareas.
Empleados privados y públicos, jubilados, comerciantes, industriales, profesionales... todos los incluidos del sistema, se bancarizaron (más o menos compulsivamente) para acceder a los beneficios de la modernidad, a cambio -claro está- del pago del servicio. A algunos les costó más que a otros, pero casi todos se familiarizaron con el sistema.>
Las entidades crediticias sumaron así un argumento más a sus promesas de una mejor administración, más rápida, más segura. Pero como suele suceder en la Argentina, entre el discurso y los hechos se interpone un distorsivo y complicado surrealismo.>
Quien hoy se sienta ciudadano del mundo contemporáneo por el sólo hecho de poseer un plástico y una cuenta, podrá quedar eventualmente satisfecho; pero es más posible que quede previsiblemente desencantado, o más bien con su dinero secuestrado. Un rosario de cajeros automáticos recorridos permitirá al usuario del sistema verificar cuán diplomáticos son los mensajes que advierten que "por el momento, este cajero no entrega dinero". >
Verdaderos artistas del sometimiento sicológico, los cajeros automáticos proponen su mensaje sólo después de que el usuario se tomó la molestia de introducir la tarjeta, digitar su código, identificar la cuenta, y solicitar el monto.>
La perfidia es más enriquecedora aún durante los lunes que coronan los fines de semana largos. Ni hablar de las contestadoras automáticas de las prestadoras del servicio, que comunican -también con voces automatizadas- que el horario de atención es de lunes a viernes... en horario de comercio.>