Las recientes elecciones en Francia parecen confirmar la tendencia de que las posiciones políticas en Europa se corren hacia la derecha. Los resultados en Suecia, la realidad política de Alemania y el escenario que se esboza en Italia y España permiten convalidar esta apreciación, aunque luego habría que ponerse de acuerdo respecto a la identidad política de esta nueva derecha.
En principio habría que admitir que los conceptos mismos de derecha e izquierda tal como fueron elaborados en épocas de la Revolución Francesa hoy están en crisis. Ni la izquierda puede hacerse cargo de la revolución social en clave marxista ni la derecha se ubica en el campo de la restauración de privilegios.>
Esta crisis de paradigmas es lo que explica que todas las corrientes políticas reivindiquen el centro como el lugar desde el cual producir iniciativas. Ni la derecha se anima a decir su nombre ni la izquierda es capaz de sostener sus objetivos. Es verdad que sobreviven en uno y otro extremo del arco ideológico desechos de aquellas formaciones, pero en la actualidad no son más que sectas marginales que hablan en un lenguaje arcaico y reaccionario.>
Queda claro que el agotamiento de estas experiencias no se produjo de un día para el otro; por el contrario, son el resultado de un proceso histórico que puso en tela de juicio temas tales como el Estado, la nación y la representación política, todo ello en el marco de un despliegue económico conocido con el nombre de globalización.>
Para las clases dirigentes, el desafío es tratar de entender los cambios y esforzarse por adaptarse a ellos. Y da la impresión de que las nuevas derechas están en mejores condiciones para hacerse cargo de realidades que se transforman aceleradamente. Angela Merkel en Alemania o Nicolás Sarkozy en Francia no pueden ser catalogados de derechistas en el sentido tradicional de la palabra ya que muchas de sus iniciativas colisionan con los modelos conservadores tradicionales.>
Esta nueva derecha se esfuerza por compatibilizar las tensiones entre orden y cambio, autoridad y libertad, acumulación y distribución. Lo hace en clave conservadora en tanto confronta ideológicamente con las tradiciones de la izquierda clásica, asumiendo al mismo tiempo algunos de sus paradigmas centrales.>
Seguramente la izquierda tratará de adaptarse a los nuevos escenarios, pero así como la derecha ya no es lo que fue, la izquierda que se construya luego de la crisis ideológica seguramente se parecerá poco a su identidad tradicional.>
Habría, por tanto, que pensar seriamente si las nuevas realidades no obligarán a las ciencias sociales a elaborar otra terminología para dar cuenta de lo que ocurre en las sociedades posindustriales.>
Sin duda que los cambios que se producen en el escenario europeo se expresarán luego, con sus particulares modalidades, en los países periféricos y, muy en particular, en América Latina. En efecto, el agotamiento de las ortodoxias izquierdistas y neoliberales no parecen alcanzar por el momento al paradigma populista, cuya vigencia, de todos modos, parece más aferrado a la coyuntura que a un ciclo de la larga duración histórica.>