ANOTACIONES AL MARGEN
Limosna de la musa errante

Estanislao Giménez Corte

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I

¿Cuánto dura la inspiración? Y antes: ¿qué es la inspiración? Y antes: ¿cómo aparece ésta, sino es a consecuencia de la desesperación del que se sabe vacío, disperso, torpe en su arte, extraviado en su pretensión, y clama a fuerzas desconocidas una ayuda, un paliativo, una pista, un guiño? Pregunto esto en esta madrugada, tras haberla sentido pasar, como un destello, una sombra de abrir y cerrar ojos, y partir de mí, dejándome perplejo, insomne, conmovido, pero pletórico, como si todo lo que he esperado hubiese llegado junto, difuso, concentrado, en un segundo desbordado, que rápidamente expiró pero cuyo eco persiste. No puedo mensurar el tiempo, apenas cabe arriesgar dónde apareció. Fue, creo, mientras cerraba la puerta de casa, recién, y me dirigía al kiosco a comprar cigarrillos o jugo.

II

Nada dura, nada hay antes más que espera, ninguna forma tenemos para hallarla, lo sabemos. Pero sucede. De a ratos. A momentos. Imprevistamente. De súbito. Y su rastro, sellado en segundos, altera las vidas y los hombres. Muchos la menosprecian o niegan: no hay tal cosa, sostienen, sólo existe el trabajo, la labor incansable. Pero ¿cómo, sino raptos o arrestos de inspiración, podemos llamar a esos pedazos de momentos, apenas perceptibles, huidizos, en los cuales, a la usanza de una brisa que pasa, cae sobre nosotros la palabra buscada, el color pretendido, el argumento ansiado, la estrategia anhelada, la claridad para ver?

III

Es, ¿será?, un estado cercano al éxtasis, de total concentración; es, ¿será?, una suerte de confluencia de los sentidos, de los instintos, de la razón, en un único punto, en un objetivo u objeto preciso, sobre el cual se dispone todo. ¿Es? una reacción de todo nuestro yo, intolerable en el tiempo, pero posible. Nada dura. Se va, inmediatamente. No nos queda, después, más que volver al acostumbrado trabajo de obrero: corregir lo que borrosamente se nos ha dicho; hacer asequible lo que ella, la musa, ha dejado allí, lo mismo que limosna; emprenderla sobre el mármol, sobre la piedra, con cinceles, picos, martillos; darle duro a ese bloque informe; transpirar, maldecir, sufrir. Lo más importante, empero, ya ha sucedido: abrigamos, en nosotros, oscuramente, la imagen de nuestro propio David dentro de la roca que espera, desafiante. Nunca obtendremos el David, pero sí es posible trabajar con la pretensión o el norte de lograrlo. ¿He allí lo esencial?

(*)"De jardines ajenos". "Temas" Ed. (1997).