Los números vinculados con la inseguridad en Santa Fe se multiplican, se entrecruzan, se superponen y hasta se contradicen. Y es que la ciudad se encuentra sumida en un contexto de violencia creciente que supera todo lo vivido hasta nuestros días y, semana tras semana, arrasa con los peores presagios.
Al menos hasta el momento en que este editorial era redactado, habían sido asesinadas en la ciudad 63 personas, lo que arroja un promedio aproximado de un homicidio cada 60 horas en lo que va de 2007.>
El 10 de mayo pasado -hace poco más de cinco semanas-, desde la Policía de la provincia se anunciaba la incorporación inmediata de cien nuevos efectivos para recorrer la ciudad, a los que se les iban a sumar otros cien en pocos días. También se dijo que llegarían a Santa Fe integrantes de las Tropas de Operaciones Especiales y de la Guardia Rural Los Pumas.>
Pero la violencia no dejó de incrementarse. Nuevos asesinatos llevaron al gobierno a formular más anuncios: fue entonces cuando se dijo que 340 efectivos se sumarían a las calles de la ciudad, aunque no quedó del todo claro si parte de esos policías ya había sido incluida en la primera lista de 200 uniformados.>
Tampoco esto alcanzó para frenar el derramamiento de sangre. La situación empeoró tanto que dos agentes policiales se sumaron a la dramática lista de víctimas.>
Y otra vez los anuncios. Se reemplazó al jefe de la Unidad Regional Uno, se realizaron rastrillajes masivos, se detuvo a gran cantidad de personas -la mayoría recuperó luego su libertad-, se secuestraron armas, se les suspendió las licencias y los descansos al 50 % de los policías del departamento, pero los asesinatos continuaron.>
Lo que hoy sufre la ciudad de Santa Fe es el resultado de muchos años en los que pocos se mostraron preocupados por implementar políticas sociales serias, con objetivos a mediano y largo plazo.>
De hecho, la cantidad de habitantes en los barrios periféricos se incrementó con el paso del tiempo, debido la llegada de miles de pobladores del interior santafesino y de provincias vecinas, que abandonaron sus lugares de residencia con la falsa expectativa de encontrar una vida mejor en la ciudad.>
Hoy, la marginalidad supera ampliamente el 30 % de Santa Fe y estos barrios se convirtieron en el lugar perfecto para toda clase de delincuentes.>
Pero, además, allí, miles de niños y adolescentes crecen sin expectativas ciertas de desarrollo personal. Están prácticamente condenados a la exclusión y asumen que sólo a través de la fuerza pueden hacer imperar su ley.>
La droga y el alcohol hacen estragos, mientras las autoridades se empeñan en no comprender que, para salir de esta situación, se necesita una política global que represente un desembarco masivo y abarcativo del Estado, "invadiendo" los barrios marginales con escuelas, centros de capacitación laboral, lugares de esparcimiento, mejoras estructurales, calles, iluminación, oficinas municipales y provinciales.>
La mayor presencia policial es bienvenida. Sin embargo, queda claro que con esto no alcanza.>