Santa Fe, que fue en otros tiempos una ciudad próspera y una digna capital provincial, emite hoy las señales inequívocas de enfermedad. Sus niveles de violencia se vuelven insoportables; la conflictividad cotidiana es exasperante, en tanto que las cifras de accidentes y homicidios son reveladoras de graves patologías sociales.
Estos datos angustiantes, que en la experiencia de cada día se padecen en carne propia, son, sin duda, difíciles de procesar para los gobernantes. Cómo es posible que esto ocurra, se preguntan, si se tiene en cuenta el volumen de las inversiones volcadas sobre la antigua y empobrecida ciudad. Esa pregunta lleva a otra, que inquiere sobre la naturaleza, calidad, oportunidad y sentido de las inversiones realizadas. Y por allí puede empezar a insinuarse la punta de una respuesta.>
Es cierto que la ciudad de Santa Fe ha recibido, en el tramo de los mandatos que expiran en diciembre próximo, inversiones que hacía décadas no se veían. Pero es igualmente verdad que ellas se produjeron después de uno de los ciclos más agudos de desinversión pública, con las graves secuelas que deja un proceso de este tipo: falta generalizada de mantenimiento y pérdida de equipamiento urbano. Sobre el escenario de esa patética realidad se produjo la devastadora inundación de 2003. Y cuatro años después, otro azote, ahora pluvial, volvió a golpear con fiereza en el ánimo de los santafesinos y afectó buena parte de la obra de reconstrucción que se venía realizando.>
Física, psicológica y moralmente impactada, Santa Fe debió padecer, además, la incomprensión y el reproche de muchos comprovincianos. En distintos lugares y en cenáculos diversos se contaban con desagrado los dineros de la ayuda recibida por los santafesinos. Pocos advertían que no se trataba de inversiones, sino de reparaciones parciales, de la mitigación de los efectos de las catástrofes. Sobre llovido, mojado. Las víctimas eran vistas como beneficiarios.>
El drama de Santa Fe es que mientras otras ciudades de la provincia -principalmente Rosario y su zona- recibían inversiones genuinas y reproductivas, aquí sólo se apagaban incendios. Comparar los montos a granel destinados a una y otra es un acto perverso, porque la distinta naturaleza y propósito de sus aplicaciones vuelve a los casos completamente incomparables.>
Pero si faltaba algo, llegó con la visita presidencial a Rosario para conmemorar el Día de la Bandera. En el discurso de Kirchner, la omisión absoluta de Santa Fe y sus proyectos tuvo el efecto de una bomba de vacío, la violencia del ninguneo. Fue un silencio que dolió como una humillación. No sólo es la capital provincial recurrentemente evitada en los itinerarios presidenciales. Ahora es ignorada incluso en los discursos pronunciados en su propio territorio.>
Mientras hablaba de los trabajos proyectados para la hidrovía Paraguay-Paraná, al sur y al norte de Santa Fe, el presidente se olvidó del punto de articulación: el puerto de Santa Fe. Tampoco advirtió que hace cinco meses una enorme y poblada draga enviada por la Nación -que consume ingentes partidas de dinero- representa, en el encuentro del canal de acceso y el río Colastiné, una versión actualizada del Cuento de la Buena Pipa. Parece dragar, pero en ese sitio sigue habiendo 12,5 pies de calado, según la información que a diario brinda la Prefectura. El problema, entonces, toma la forma de una afrenta a la ciudad y a la provincia, y de una estafa a la fe pública y a las arcas del Estado.>
Entre tanto, persiste la demora en la creación de instrumentos reales para el desarrollo, de palancas económicas verdaderas que permitan vencer la fuerza inercial del círculo vicioso. El problema fue sintetizado por el presidente de la Bolsa de Comercio de Santa Fe, Mario Pérez García, asistente al acto de Rosario, con una frase breve y descarnada: "Para Rosario anuncian la inversión pública de otros 2.000 millones de dólares, y a Santa Fe envían un refuerzo de 200 policías". Todo un aporte para reflexionar en serio sobre las causas de la violencia.>