María Teresa Rearte
El Concilio Vaticano II nos ha dejado esta enseñanza: "El mensaje cristiano no aparta al hombre de la construcción del mundo ni lo lleva a despreocuparse del bien de sus semejantes; más bien lo obliga a asistir la colaboración como un verdadero deber". (GS.34). Lo cual nos orienta para comprender que la dimensión mística de la vida creyente no excluye, y por el contrario requiere su integración con la dimensión ético-política. Ambos, lo ético y lo político, dan curso a la trascendencia en el mundo. Y preservan de considerarse uno el centro de las cosas. Más aún, la necesaria responsabilidad por el otro, cuyo rostro irrumpe en el entorno y la conciencia de cada uno, se vuelve acontecimiento. Apertura. El Evangelio proclama que experiencias de este tipo, seamos o no creyentes, nos abren a Dios. "Cuanto hicísteis a uno de estos hermanos míos más pequeños a Mí me lo hicísteis". (Mt.25, 40) O "Tuve hambre y me dísteis de comer". (Mt.25, 35) Y también que aquéllos a quienes se dirige preguntarán: "�Cuándo te vimos hambriento?" (Mt.25, 35).
Lo dicho nos ayuda a comprender que la vida teologal, y en ella la fe, no es una mera aproximación teórica o especulativa a Dios. Sino que exige la praxis de la justicia y el amor. No sólo "actos concretos", como dicen por ahí, así, aislados, atomizados; sino una vida de perseverancia en la justicia y el amor. Tampoco como una consecuencia ética de la fe; sino como un componente necesario del verdadero conocimiento de Dios.>
No se trata de la ambigüedad entre lo que se es y lo que se debe ser, que se resuelve en algún modo esporádico y ficticio de trascender. Sino que la experiencia ético-política es un dato fundamental que incorporar a la vida teologal. De donde se puede comprender la importancia de la vida religiosa en nuestras sociedades, social y culturalmente desintegradas, en cuanto aporta su carácter interpretativo y de integración en medio de los frecuentes y caóticos procesos que agitan la vida política.>
Por otra parte, si nos encontramos con dificultades para hacer frente al fenómeno llamado de la muerte de Dios, que algunos expresan o experimentan, quizás debamos preguntarnos si acaso deriven del modo de entender la fe. Del perfil idolátrico o aún ideológico que algunos le asignan. No escapa a la reflexión que, sin mengua alguna de la trascendencia divina, se torna necesario volver a la experiencia judeo-cristiana de Dios que se manifiesta en la historia.>
Estamos en el siglo XXI con premisas básicas; las de la convivencia y el diálogo. De la justicia y la equidad. Del amor. Los tiempos que vivimos nos hacen sensibles ante los hechos atroces que registra la historia. De donde que si Auschwitz fue el emblema del holocausto padecido por millones de hombres, e hizo preguntarse si aún era posible pensar en la evangelización europea, en América Latina se presenta un interrogante similar. Esto es, si es realizable y cómo la obra evangelizadora frente al grito sufriente de los hombres y el clamor de justicia de gran parte del pueblo.>
No obstante, y como enseña el Evangelio, el creyente debe ser vigilante para discernir acerca de las motivaciones y consecuencias de los procesos de liberación y las reivindicaciones que, a la postre, suelen corromperse si no están animadas por la búsqueda del amor y la concordia.>
En la ardua dialéctica de la vida de las naciones no se puede negar la justicia con el pretexto del perdón o un amor antihistórico. O escatológico. Y reducido a objeto de esperanza. Hemos de vivir intensamente la sed de la justicia. Más aún; de una nueva generación. O dicho en términos de fe: de una nueva creación. Y ser conscientes de que, sin justicia, el amor se licua. O degenera en pura palabrería. No se puede continuar poniendo pesadas cargas sobre las espaldas ajenas mientras unos pocos disfrutan de inmerecidos beneficios. Hemos de querer y promover, todos y cada uno la posibilidad de que el otro viva. Y de la convivencia.>
El amor, hay que pensarlo, se siente como los "extraños y forasteros sobre la Tierra". (He.11, 13) Está siempre avistando la ciudad que le ha sido prometida. En tensionada búsqueda de los cielos nuevos y la tierra nueva, donde plantar su tienda, para que el mundo cambie. Y todos los hombres puedan vivir. Y lo hagan en actitud de diálogo con sus semejantes.>
El hombre no es sólo un ser que piensa, como lo concebían los pensadores modernos. Es también alguien que sufre. Hay multitud de ellos que viven en América Latina, donde reside la mitad de los católicos del mundo, en situaciones de inhumana pobreza que "clama al cielo". (Juan Pablo II: Eccesia in America. 56) Por lo cual quiero concluir con una cita del Magisterio, también de Juan Pablo II, en la que afirma, refiriéndose al pasaje evangélico en el que Jesús pide ser reconocido en los pobres (Mt.25, 35-36), lo siguiente: "No es una simple invitación a la caridad; es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia". (Novo Millennio Ineunte, 49).>