Como en una vieja película argentina, el día después de las elecciones se parece mucho a una escena nostálgica, triste y dominguera. Tal como si se hubiera tratado de la organización de una gran fiesta, queda para después la sensación de que mucho se puso en ella (tiempo y dinero, sobre todo), para reparar en que "ya pasó": ahora sólo resta limpiar los restos desparramados en el piso, la mesa, las sillas.
Luego vendrán los comentarios, las anécdotas, los chismes, los diversos relatos de un acontecimiento que, en este caso, tuvo de convidados a los santafesinos mayores de 18 años.>
Caminar hoy por la ciudad es una experiencia extraña: nos siguen interpelando directamente a los ojos esas miradas desafiantes de candidatos que ya no son, miradas convencidas de que sus propuestas son (eran) las mejores, irrefutables, fundamentales, centrales para el destino de nuestras vidas.>
Si de anacronías se trata, los votos pisoteados, humedecidos, ennegrecidos por el barro abundan como hojas de otoño en desagües y veredas, mezclados en pilas de mugre y bolsas de basura.>
Algunos estarán tristes y tratando de dirimir qué hicieron mal, otros tantos estarán -seguramente- pensando cómo llegarán al 2 de setiembre, para ser finalmente los "campeones"...al menos por 4 años. Otra vez la rueda se pone en marcha, después de unas pocas horas de descanso.>
Mientras tanto, entre entristecida y exultante, la mayoría sigue su vida: trabajando, estudiando, caminando, comiendo, en fin, viviendo. Pero nuevamente serán los invitados a participar de un acontecimiento en el que historias personales, sentimientos, racionalidades diversas, expectativas cifradas y broncas encumbradas se harán presentes: son estas mayorías -necesariamente- las protagonistas de la historia.>
Y luego, otra vez quedará para el recuerdo y para el comentario, la cantidad de volantes, la cantidad de consignas, los afiches gigantes con caras inconmensurables y expresiones amigables, promesas, especulaciones y explicaciones... Otra vez quedarán amontonados los votos en las calles y las paredes sucias, aunque el destino de la cosa pública en �renovadas? manos.>