Durante tres años el periodista británico Alan Johnston se dedicó a informar día por día sobre los acontecimientos políticos y militares de la Franja de Gaza. Doctorado en Ciencia Política, egresado de una de las más distinguidas escuelas de periodismo de Gran Bretaña, Johnston trabaja desde hace más de quince años para la BBC, es uno de sus corresponsales más brillantes y antes de aceptar su destino en Gaza se desempeñó dos años en Thakent y un año en Kabul.
Los corresponsales de guerra son personajes mirados con admiración, respeto y algo de envidia por el resto de los periodistas, que saben que para ejercer esa profesión es necesario amar la aventura, no temer a la muerte y escribir bien en las peores condiciones. Desde los tiempos de Ernie Pike y Ernest Hemingway, los corresponsales de guerra son los grandes protagonistas de un periodismo peligroso pero fascinante.>
Walter Lippmann contaba la admiración y el respeto que le despertaban esos corresponsales que llegaban a la redacción del diario después de haber estado en el frente de batalla. Todos, hasta el cadete de los mandados, se sentían impresionados por esos personajes que paseaban por los pasillos de la redacción taciturnos algunos, expansivos los otros; independientes del jefe de redacción, independientes de todo. Fumadores inveterados, alcohólicos empedernidos, una aureola de héroes parecía iluminarlos; era como que su presencia ponía en evidencia el carácter rutinario, monótono, casi burocrático, del periodista de sala de redacción.>
Según Pérez Reverte, estos corresponsales padecen del síndrome de "Las tres D: divorciados, desequilibrados y dipsómanos", una humorada realista escrita por alguien que antes de ser un best-seller trabajó durante más de veinte años como corresponsal de guerra y pudo describir con lujo de detalles los límites difusos, pero decisivos, del mítico Territorio Comanche; ese espacio expuesto a la aventura, al peligro y a la muerte, donde no valen las credenciales de ningún diario y donde la única defensa del periodista de raza es su olfato o su intuición para presentir la bala que puede llegar desde cualquier lado o la bomba que puede estallar apenas apoye el pie en ese inofensivo montículo de tierra.>
Johnston pertenece por derecho propio a ese linaje. Eligió Gaza para trabajar porque es el lugar más peligroso, el lugar en donde el único olor que persiste es el de la pólvora. Varias veces estuvo en peligro, varias veces sintió rondar el espectro de la muerte, hasta ese 12 de marzo en el que fue secuestrado por el Ejército del Islam, una facción terrorista escindida de Hamas.>
Johnston estuvo 114 días preso en una suerte de cárcel del pueblo, un sótano en donde, salvo ocasiones muy puntuales, nunca vio la luz del día. Durante más de cien días este hombre padeció la incertidumbre y la sensación de saber que su vida dependía del humor de personajes para quienes la vida, cualquier vida, carece de valor, hombres para quienes matar es tan sencillo como encender un cigarrillo o arrodillarse para rezar.>
Johnston siempre supo de los riesgos que corría, pero una cosa es ser consciente del peligro y otra muy distinta es estar metido de lleno en el corazón del peligro. Como conocía al detalle el cambalache morboso de organizaciones armadas palestinas que operaban en la Franja de Gaza, sabía de entrada que desde el momento en que lo secuestraron había dejado de ser una persona para transformarse en un objeto de cambio, por lo tanto, en ningún momento intentó discutir con sus captores el motivo de su secuestro y mucho menos explicarles que como corresponsal de guerra siempre había defendido con ecuanimidad la causa palestina. Con semejantes minucias no iba a impresionar a sus secuestradores.>
Es probable que Johnston nunca se haya enterado de que Hamas había conquistado la Franja de Gaza y desalojado a sus competidores internos de Al Fatah; tampoco debe haber sabido que en la última semana la guerra en la Franja ya no era ni contra los judíos, ni contra Al Fatah, sino entre las diversas facciones terroristas que operan en nombre de Alá, pero que en realidad hacen lo único que saben hacer: matar o morir, una pulsión que va más allá de cualquier identidad religiosa o cualquier objetivo político.>
Lo cierto es que Hamas movió los hilos para liberar a Johnston. Por supuesto que esta faena no la realizó por objetivos humanitarios, sino porque considera que su aislamiento internacional es insostenible y alguna señal civilizada había que darle a Occidente para que aflojase la presión y, si fuera posible, que continuase con el envío de subsidios.>
No se sabe con precisión si Hamas rescató por la fuerza a Johnston o si arribó a un acuerdo con el Ejército del Islam, lo que sí se sabe es que el ex primer ministro de Hamas, Ismail Haniyah, se presentó ante la prensa internacional como el campeón de los derechos humanos y el primer humanista del siglo XXI, lo que demuestra que los muchachos de Hamas son poseedores de un volteriano sentido del humor.>
Hace un par de semanas en esta columna sostuve la siguiente hipótesis: en los últimos meses lo que se está poniendo en evidencia a los ojos del mundo es que en Medio Oriente el Estado palestino es inviable, no porque los judíos sean malos o porque Estados Unidos sea un imperio perverso, sino porque los mismos palestinos se han ocupado de asegurar esa inviabilidad; salvo que alguien crea que una Nación puede funcionar en un escenario en donde las bandas armadas proliferan y se reproducen hasta el infinito.>