Con porcentajes impactantes, logrando un impensado lugar de preferencia entre los resultados finales -precisamente, como una forma de demostrar que no había preferencia por quienes representarían esos resultados-, el voto en blanco se volvió noticia una vez que fueron sumados y clasificados los sufragios emitidos en la ciudad capital, durante las primarias del 1° de julio. Los cálculos arrojaron resultados dispares según la categoría: 22,17 % para gobernador, 31,84 % para diputados provinciales; 40,44 % para senadores y 13,60 % para intendente, tal cual publicó El Litoral el día después.
¿Mucho? ¿Poco? ¿Lo esperado? ¿Una sorpresa? Los analistas medirán y ponderarán las cifras, y sabrán interpretar si obedecen a un electorado insatisfecho, aun con la amplísima oferta de postulantes para los distintos cargos; o si la información difundida por vía oficial y por todos los medios no alcanzó para dilucidar qué es lo que se elegía y cómo debía hacerse, en una instancia que marcó el debut de la nueva ley electoral para todos los cargos provinciales. O dirimirán si se trató del voto bronca, voto indeciso o voto desorientado que dejó cargos sin cubrir por desconocer cuántas boletas había que colocar en el sobre.>
Cualquiera sea la explicación, lo cierto es que los protagonistas de ese voto sin nombre son por estos días los electores más cotizados por los aspirantes a ocupar cargos públicos en la provincia durante los próximos cuatro años. Hacia ellos están orientados los mensajes que invitan a recuperar la participación y la confianza. A ellos, apuntan las estrategias y promesas, todas con el objetivo de capitalizar la bronca, el enojo o el desconcierto y lograr una diferencia a favor que hasta ahora y a menos de dos meses de las generales, nadie se puede adjudicar con certeza.>