Once de la mañana, centro de la ciudad de Santa Fe: el caos parece haberse apoderado de las calles. La impaciencia invade a miles de conductores malhumorados, que literalmente se mueven a paso de hombre. Hay insultos, bronca, impotencia... Algunos parecen desahogarse haciendo sonar sus bocinas, aunque de nada sirve.
Pero los problemas no sólo afectan a quienes intentan circular. La posibilidad de hallar un sitio para estacionamiento es casi nula, porque los lugares habilitados en las calles están ocupados y no quedan espacios libres en las cocheras. No hay orden. No existen controles. Sólo caos.>
Se puede argumentar que las calles del centro de Santa Fe son demasiado angostas para el creciente número de automóviles en circulación o que los santafesinos no siempre respetan las normas. Y es cierto.>
Pero el mero hecho de diagnosticar el problema no producirá soluciones. Y es que, más allá del sistema de estacionamiento medido, no existe en la ciudad ninguna política de tránsito que facilite la circulación, que ordene, que regule. Por eso, el centro parece convertirse en tierra de nadie, donde todo vale y en donde los más fuertes -colectivos, camionetas, conductores irresponsables, etc.- casi siempre logran imponerse.>
Ayer, poco antes de las once de la mañana, ni siquiera había agentes de tránsito en las esquinas. O si estaban, eran tan escasos que no resultaba sencillo encontrarlos.>
Gobernar implica tomar decisiones, planificar, proyectar, poner límites, orientar. Pero el centro de la capital de la provincia es a esa hora de la mañana lo más parecido a un desgobierno, al descontrol o a la ausencia de quienes deberían establecer las normas.>
Una ciudad progresa siempre y cuando se torne más habitable y garantice a sus habitantes la posibilidad de acceder a una mejor calidad de vida. Pero el caos, produce todo lo contrario.>