La Corte, un fallo y un mensaje

Con el voto de una apretada mayoría, la Corte Suprema de Justicia de la Nación anuló el indulto que Carlos Menem concediera en 1989 al ex general Santiago Omar Riveros, caso testigo que abriría el procesamiento de otros altos jefes militares que fueron beneficiados con el perdón presidencial. En aquella oportunidad, y en un contexto histórico donde el factor militar todavía pesaba y la economía experimentaba uno de los picos críticos en la repetitiva crisis que la acompaña como un tumor indestructible, el hombre de La Rioja concedió los perdones. Por entonces, la decisión fue vestida con el ampuloso discurso de la pacificación nacional, aunque en rigor fue una medida política oportunista que le permitió a Menem descomprimir el frente militar.

Ahora, la decisión de la Corte clausura un viejo tema, instala nuevas discusiones y establece un fuerte precedente y un claro mensaje hacia el futuro: nadie podrá hacer impunemente lo que nunca se debió haber hecho.>

En realidad, ayer como hoy, el fondo de la cuestión es uno solo: la absoluta inadmisibilidad de crímenes aberrantes por razones políticas. Ninguna persona sensata puede justificar en conciencia la crueldad de los procedimientos de un régimen que inventó la ominosa categoría civil del "desaparecido". Basta ver, en estos días de recordación, la imagen del teniente general Jorge Rafael Videla, jefe de la entonces Junta de Gobierno del Proceso de Reorganización Nacional, cuando con insoportable violencia moral definía ante la requisitoria de los periodistas la categoría de "desaparecido".>

Con la perspectiva que dan los años, nadie que tenga una mínima cota moral puede justificar el asesinato político, el tormento sistemático como método para obtener información, la supresión de identidad, el saqueo indiscriminado de bienes de las víctimas y la persistencia en el silencio sobre los desaparecidos, que estira el sufrimiento de las familias, impide el duelo y mantiene las heridas en carne viva.>

No es casual que la Argentina de nuestros días exude violencia y sea difícil de descifrar para propios y extraños. La ruptura de los límites, la práctica habitual de formas brutales de sometimiento del que piensa o siente distinto, sumadas a recurrentes estafas políticas y a los grandes colapsos económicos, han moldeado la sociedad que somos, signada por el descreimiento, la bronca, el resentimiento, la desesperanza.>

La transgresión continua de leyes, valores y principios fundantes ha sumido a los argentinos en una experiencia de generalizada anomia, fenómeno que lastima la convivencia de cada día con altas tasas de conflicto y agresividad. Lo que hoy ocurre nos aleja de los presupuestos básicos de la civilización, pero sus raíces causales se hunden en un pasado no resuelto.>

En este escenario, el fallo de la Corte es importante porque, más allá de las discusiones técnicas que suscite en el mundo político y académico, da una clarísima señal hacia el futuro: los crímenes de lesa humanidad atraviesan el tiempo sin prescripción posible. Esto significa que los violadores jamás estarán a salvo. El mensaje es contundente. Para ser totalmente creíble, falta que se extienda a todos los actores del cóctel de violencia que en los 70 dinamitó al país.>