ANOTACIONES AL MARGEN
Arquitectura de la huida
Por Estanislao Giménez Corte

I

Alguna vez un mecanismo caro a la psicología explicará por qué las gentes admiran, exacerban, recuerdan -con vívida actualidad- los crescendos alucinados, las existencias tortuosas y desvariadas, los finales suicidas, las tragedias inenarrables, las muertes jóvenes; y por qué, simultáneamente, ignoran, menosprecian, olvidan la férrea convicción de lustros y décadas, la labor cansina y persistente, el tesón del que se sumerge todos los días en una misma agua sin sensación de ahogo. Lo primero despierta algo así como una suerte de agridulce y lábil fascinación, y una cierta tristeza: la sensación de intranquilidad y nervio de aquello que ha pasado como un viento, un espasmo y no vuelve a suceder. Jamás. Si bien miramos, acaso ello se deba, fundamentalmente, a su carácter fugaz, a la imposibilidad de retorno. Pero la importancia de esa memoria, arriesgamos, se vincula a las experiencias vividas por el receptor de la obra, en un momento único (la apreciación de esa creación en ese instante), más que a la factura de la misma. El ostracismo ulterior de su ejecutor puede funcionar para profundizar su mitificación y la de una época.

II

Diversos motivos hacen que ese estallido repentino conmueva: la sospecha de algo inacabado, distinto; la percepción de que lo extraordinario no puede perdurar; el ejercicio nostalgioso que esa ausencia genera; la idealización sustentada en la oscuridad que sigue a un momento de destello no comparable e imprevisto. Puede ejemplificarse lo dicho en los casos en que una sola obra trasciende, moviliza, impacta. Y su autor, pletórico de fama, de halagos, opta por la contracorriente, se hunde en el silencio, regresa al llano, desaparece de las luminarias, para no regresar nunca o para quedarse siempre en aquel "lugar". Sobran los casos. Tres se cuelan en este tipeo: Rimbaud publicó dos libros y se perdió en el África; Syd Barret, fundador de Pink Floyd, grabó unos erráticos tres discos solistas y se recluyó en casa de su madre hasta su muerte; Salinger, una vez célebre, huyó de todo contacto con los medios y nunca más publicó nada. Muchos sufrieron destierros, enfermedades, condenas, persecuciones. Allí hallarán los biógrafos e historiadores las causas de su abandono del arte o de su negación a seguir publicando o comercializando su trabajo. Me permitirá el lector abrir otra hipótesis. Todos los creadores, en mayor o menor medida, asumen un trauma generalizado: la tentación y el horror a la repetición; la imposibilidad de huir de ella. Así, podemos preguntarnos si en la decisión de abandonar todo no ha pesado, más que los eventuales problemas personales, una profunda convicción de que lo dicho dicho estaba; de que su lugar en la historia del arte se reducía o concentraba en ese aporte mínimo o genial que éstos regalaron, y que nada habría después de ello, sólo una asfixiante terquedad de seguir redundando, con variaciones, sobre lo mismo; de que es innecesario e insoportable abarrotar de títulos las góndolas. Hay (no sé en qué orden) grandeza y hartazgo en esos "renunciamientos"; o una certeza que a nosotros, lectores, admiradores, se nos escapa. Por eso será que nos seguimos preguntando qué (les) pasó; por eso ellos guardan, en su encierro, en su mutismo, una respuesta. Si ésta existe, estará reservada para que los más sensibles la descifren, en alguna línea críptica de los que testimoniaron -a la vez- su inicio y despedida de la industria cultural.

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