Señores directores: Predicen los futurólogos que la humanidad, a corto plazo, tendrá que habitar en pequeñas ciudades autónomas, con una producción y medicina comunitaria, rodeada por un cinturón de huertas para alimento fresco, sano y nutritivo de su población.
Como quien esto escribe es ya un requeteviejo que no quiere abandonar este mundo sin dejar algo positivo para los humanos sobrevivientes, vaya esta sugerencia: hace ya varios años viajamos a Buenos Aires para visitar a mi cuñado y a su familia. Nos propusieron darnos una vuelta por la vecina ciudad de La Plata para visitar el famoso Museo Ameghino.>
Allí nos tocó atravesar el hermoso parque Pereyra Yraola, todo un paraíso de enormes árboles. Me llamó la atención ver que al pie de varios de ellos, algo alejados de la vía peatonal, crecían plantas de sandía. No vimos ninguna huerta vecina; aunque sí una enorme y tentadora sandía que nos está esperando. Y no esperamos mucho tiempo porque a poco andar le estábamos hincando el diente como dos pibes traviesos. íSabés que está rica! -comenté- Por supuesto -comentó mi pariente-. Son sandías de upite-. ¿Cómo? -pregunté-. Te voy a explicar. Mucha gente viene los fines de semana a acampar aquí y traen toda clase de provisiones y nunca faltan las sandías. Cuando les vienen ganas de hacer sus necesidades buscan un árbol y evacuan abundantes semillas perfectamente abonadas por aquello que te dije (¿Vieron qué bien educado el pariente? Así es cómo nacen estos deliciosos manjares. Supongo que a esta forma de producción gratuita, eficaz y placentera debería promocionársela y bautizarla como Orticultura (sin hache). Aclaremos que nada tiene que ver con el orto (huerto) italiano ni con orto griego (recto, directo, correcto, derecho). Allí sería una Proctocultura, que sonaría mejor.>
Alberto Niel. Ciudad.>
Señores directores: A raíz de la pérdida irreparable sufrida por la desaparición física de mi esposa Patricia Ángela Sarandón, quiero agradecer, por este medio, a todos los familiares, amigos y vecinos que nos acompañaron en este terrible trance. Especialmente agradezco la valiosa y desinteresada asistencia del Dr. Francisco Sánchez Guerra (h.) y al personal del sanatorio Rawson, por todo el esfuerzo realizado. Asimismo, a todas las autoridades del colegio Inmaculada Concepción, desde alumnos, padres, docentes, directivos, profesionales, sacerdotes, rector y porteros de dicho establecimiento educativo; y a todas aquellas personas que no nombro pero que estuvieron en todo momento, ayudando de corazón. A todos: muchísimas gracias.
Gustavo F. Pactat. Ciudad.>