En su último libro, La forastera , Estela Figueroa confirma desde los giros precisos y austeros de su poesía los trazos de una poética recién ahora declarada, si bien delineada en sus trabajos previos: Máscaras sueltas, A capella . En "Juan Manuel Inchauspe, en el hospicio" escribe: "Las nuestras, mi amigo, / son obras pequeñas. / Escritas en la intimidad / y como con vergüenza. / Nada de tonos altos...". La reunión imposible con los ausentes tiene lugar en el espacio de la escritura: desde allí evoca "al poeta" (como lo llama en "Sol de otoño") componiendo un conjunto de versos que contrastan las huellas de la vida y los estertores de la muerte, buscando o queriendo entrever lo que de la vida persiste en sitios en los que la muerte parece ganar siempre la partida.
La expresión de la duda, respecto de lo que su obra puede, entra en tensión con lo que su poesía sabe. Sostenidas por un yo que se confunde con quien firma, ciertas aserciones de La forastera formulan dictámenes o definiciones sobre los haceres de los hombres: "Un hombre es bueno para una noche. / Cuando amanece es un reflejo dorado / sobre la cama donde se toma café..." . Despojada de artificios, condensada, su escritura dice la brevedad del placer, da cuenta de la fuerza arrolladora y ciega de la atracción. En "Un atardecer de abril después de una separación", el relato se cruza con la confesión y el designio: "Mi vecino homosexual me invita / a cenar este sábado en su casa. / Acepto. / Donde no hay sexo no hay problemas". Subiendo el tono, en "Pequeños asesinatos" un hecho doméstico provoca la irrupción de un decir que porta un saber desde la enunciación responsable-irresponsable de la poesía que nunca permite enlazar de modo seguro a quien firma y a quien habla. En este caso, la descripción de cómo madre e hija intentan deshacerse de una laucha que ha encontrado su morada detrás de la heladera de la cocina, hace lugar a un juicio que es también un credo. A propósito del veneno elegido, más precisamente, del comentario sobre la efectividad de ese veneno y de lo que la garantiza, la sentencia: "Nadie / nada escapa / de lo que implica una atracción sexual". La fragilidad del cuerpo y los distintos vejámenes a los que queda expuesto a medida que el tiempo transcurre también tienen lugar en sus versos que arman una definición de la que nadie parece quedar excluido: "Debemos soportar cuatro / sufrimientos esenciales: / el nacimiento / la vejez / la enfermedad / y la muerte". .>
Nuevamente girando sobre su poética, lo que su poesía puede queda expuesto también cuando en su intento de definir la muerte (palabra que nombra, como bien dice Derrida, "lo irreemplazable mismo de la singularidad absoluta", en tanto "nadie puede morir en mi lugar o en lugar del otro") a partir de cada pérdida (la de cada amigo, la del padre, la del marido de su hermana), apela a la imaginación que a su vez da lugar al poema: "Es una visita que ya no vendrá / como no sea en sueños. / Es una casa a la que nunca más iremos / como no sea con la imaginación" . A la falta de consuelo, al silencio de los libros sagrados ( "Sólo estamos aquí de paso / �qué consuelo ofrecen los libros sagrados? / Ninguno. / Por eso lloro" ) se opone la fuerza de su escritura que trae lo que ya no pertenece al reino de la vida, pero que encuentra otra forma de persistencia a partir de esa evocación.>
En La forastera la descripción de la intimidad, de lo que afecta en lo privado, se inscribe en una zona de borde con lo público: no es sino a partir de los desgarramientos del yo como se dice lo que duele a un grupo de vecinos, lo que humilla a los habitantes de un barrio, de una zona claramente circunscripta de la ciudad en la que se habita y se vive y se sobrevive-escribe (quizás apostando con ello a una forma de reparación, a un consuelo que ayude a subsanar la falta). En una página negra un título en forma de cruz reúne la serie que evoca uno de los desastres que sufre Santa Fe por descuido o abandono de quienes la gobiernan. "Tres poemas sobre la inundación" construye desde la poesía un archivo que contrarresta los efectos de la amnesia planificada y del pliegue anestésico que en su hacerse eclipsa con una nueva tragedia a la anterior. Insistencia que se refuerza desde la datación y la aclaración. Debajo de la cruz que envía a la serie se lee: "El barrio donde vive Estela Figueroa fue tapado por el desborde del río Salado en el año 2003". En esos tres poemas, las secuelas del desastre se muestran a partir de las marcas dejadas en los objetos que forman parte del mundo familiar. El detalle de los reemplazos, de lo que es posible descartar y sustituir evoca, oblicuamente, lo perdido para siempre. "Las caras de mis hijas después de la inundación" explota la ambigüedad que el título genera. Lo elidido hace lugar a una descripción de lo que queda de las caras de Florencia y de Virginia en las fotos encontradas después del desastre y con ello, a una denuncia de los intentos inútiles de remediar lo irremediable. En el último poema de la serie, la descripción de otros intentos de resarcimiento exhibe que lo que se necesita reparar excede lo que el dinero puede y también lo que el Estado puede, ahora. Antes / ahora. El contraste entre la descripción de lo que sus vecinos compran ( "zapatillas que brillan como diamantes" ) y las cosas sobre las que pone la atención quien habla-escribe ( "Fijo mi mirada en las plantas: / después de la inundación / -confundidas- / algunas intentan florecer" ); el contraste entre las expectativas de los otros por recibir el "subsidio" y la actitud paciente de quien, sin expectativas ni resignación, contempla y analiza ( "�Yo? / Observo. Observo" ) deja en un umbral las preguntas sobre las deudas imposibles, sobre el valor incalculable de lo no recobrable, de lo no reemplazable. Estela Figueroa escribe: "�Y yo? / Hago una urdimbre secreta / de las pérdidas y ganancias. / El dinero no figura / ni en uno ni en otro". >