André Gillois: ¿Cuál es, en su opinión, el objetivo más importante que debemos proponernos en la vida?
Georges Bataille: Evidentemente, soy filósofo, al menos hasta un cierto punto, y toda mi filosofía consiste en decir que el principal objetivo que uno puede llegar a tener es destruir en sí mismo el hábito de tener objetivos.>
Si por alguna razón tuviese que abandonar su profesión, ¿hacia qué esfera de actividad se orientaría? >
No veo muy bien qué otra cosa haría más que lo que hago. Soy bibliotecario de profesión, escribo libros. (...)>
Usted dirige también una revista... >
Dirijo una revista...>
Entonces, si usted mismo no fuera escritor, ¿le gustaría dirigir a otros? >
íOh, seguramente no, seguramente no, seguramente no! Tuve veleidades del lado de la política, pero esas veleidades se me revelaron muy rápidamente casi ridículas.>
[El animador solicita entonces las preguntas o las observaciones de las otras personas presentes en el estudio. Una de ellas le pregunta a Bataille cómo explicaría el hecho de considerar la vida de un modo favorable cuando sus escritos muestran lo contrario]. >
Creo que todo lo que dije contra los aspectos favorables de la vida obedecía a esto que dije hace un momento: creo que hay que evitar tener objetivo, y no ceder. En la medida en que uno tiene un objetivo, se debe pasar a ver la vida de un modo completamente desfavorable. Primero porque ese objetivo está limitado por la muerte. Pero en tanto se vive en el instante presente, sólo hay lugar para ver las cosas del modo más favorable, porque no se tiene la menor preocupación en lo que concierne al porvenir.>
La destrucción del objetivo es la moral misma de los budistas, ¿no es cierto?... >
Exactamente.>
... que dice: nunca hacer algo por sus frutos... >
Exactamente.>
[...] Es probable que esta destrucción del objetivo entre los budistas sea para dar lugar a Dios. En usted, ¿para dar lugar a qué? >
Jugando con las palabras, diría que es para sustituir a Dios...>
¿Por él mismo probablemente...? >
Dejar sitio a Dios en otro sentido del que usted emplea, me parece. Por mi parte, no veo necesidad de nombrar un Dios inmanente; y siempre me pareció que a partir del momento en que se nombra a Dios, se designa una trascendencia. Porque se define a Dios nombrándolo. Uno se liga a las definiciones, al menos en todas las teologías que hablaron de él.>
(...)>
¿Puedo simplemente hacerle la pregunta: por qué escribe? >
En el fondo, es lo que mejor sé, y es lo que puedo decir con mayor dificultad. Podría responder simplemente esto: porque es lo que más se parece a la ausencia de finalidad. [...]. Aunque, cuando ordeno las frases, en verdad, tengo un objetivo, tengo siempre un plan: sé lo que quiero decir, o casi. No escribo sólo para liquidar la finalidad. Es siempre un alegato; un alegato moral contra la finalidad.>
Es lo que Kant llama "Finalidad sin fin" en la obra de arte, es decir la supresión expresa de un objetivo determinado. >
Creo que sí, en efecto...>
... el libre juego de las facultades sin otro objetivo que ellas mismas. >
Es eso exactamente. Es el aspecto kantiano, tiene razón en subrayarlo.>
Y cuando decía que aquello que más le gusta son las sensaciones más intensas, es preciso quizá que usted haga una elección entre esas sensaciones intensas, exactamente como hizo entre la sonata y el cañonazo, es necesario que conecte eso con lo que decía de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. ¿Acaso, no terminaría por descubrir que, en esas sensaciones muy intensas no es quizá ni el lado tan sensual, ni el lado tan intenso lo que más le gusta? >
A decir verdad, en lo que concierne a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa, a los que cité como ejemplos, aunque se trate de experiencias bastante alejadas de las que puede tener, podría decir esto: que la intensidad es más bien una ayuda en la vía que lleva a una suerte de arrobamiento. En la medida precisamente en que la intensidad destruye. Pero, lo que hace las cosas difíciles, es que siempre hace falta, como dije por otra parte, una intensidad soportable. Y el trabajo del espíritu (y no solamente el juego de las sensaciones) tiene una importancia considerable en ese momento...>
Hay pues en ese momento algo espiritual... >
Espiritual en el sentido de totalidad.>
¿No le parece que usted busca, dicho de otro modo, una especie de absoluto concretamente vivido? >
Sí, es eso.>
¿Acaso no se trata de un objetivo? >
Naturalmente. Si un día lee alguno de mis escritos, verá que una gran parte de mi reflexión está consagrada a la crítica que usted acaba de plantear. Precisamente, si me pongo en el estado de espíritu de quien busca un arrobamiento, como hacía San Juan de la Cruz, rápidamente debo decirme: y bien, es algo que no va, estoy proponiéndome un objetivo, ¿qué estoy haciendo? Pero, decididamente soy el peor de los tontos.>
San Juan de la Cruz ¿no trataba de parecerse a San Juan de la Cruz? >
Evidentemente, pero seguía una vía que otros santos habían innovado.>
No, él trataba de encontrar su propia vía. >
Entonces ahí usted está de acuerdo conmigo porque siempre, en esos casos, hay superación. Se pueden proponer objetivos, se puede incluso proponer la superación de esos objetivos, pero es un hecho: al tratar de superarlos no se llega nunca. De hecho se conserva la facultad de saltar. Un impulso considerable puede ser reservado a través de esas peripecias, de esos obstáculos y juegos de tontos.>
En suma, usted busca ese impulso cuando habla de la intensidad de la creación. >
Por supuesto, lo busco.>
(...)>
(De "Una libertad soberana". Paradiso, Bs. As., 2007). >
Por Georges Bataille