Al margen de la crónica
Bergman, una mirada irrepetible

Si habría que designar al cineasta que mejor supo captar la esencia del dolor, el sufrimiento y la fragilidad, pero también del amor, la ilusión y la pasión que en la intimidad del ser humano coexisten en un delicado equilibrio, probablemente la figura del sueco Ingmar Bergman, fallecido en las últimas horas a los 89 años, ocuparía un lugar sobresaliente. Es que a lo largo de más de cincuenta años, sus cuarenta películas acreditan su inquietante y a la vez apasionante mirada.

Algunos tramos de sus prolífica obra forman parte en la actualidad de cualquier antología cinéfila. Tal vez su mayor y original aporte, sea aquel que le dio también fama internacional hacia mediados de la década del cincuenta, y que se titula "El séptimo sello". En el recuerdo, queda aquella fantástica y alegórica partida de ajedrez entre un caballero que regresa de las Cruzadas (brillante interpretación de Max Von Sydow) y la Muerte, en una Edad Media diezmada por las enfermedades y las guerras como escenario.>

Pero Ingmar Bergman es muchísimo más: es aquel que emocionó hasta las lágrimas con "Fanny y Alexander", dirigió como nadie a Ingrid Bergman en "Sonata de otoño", y trazó un estudio inigualable de los sentimientos en "Persona", donde contó con una excelente Liv Ullman, actriz que con los años se convertiría en una de sus principales musas.>

Y es el mismo que hace unos años, en 2003 y ya octogenario, sorprendió al público y a la crítica con "Saraband", una obra reflexiva y crepuscular sobre la relación entre un hombre y una mujer en edad madura, que dio cuenta de su vigencia y lucidez. Es por eso que su pérdida deja un gran vacío para el cine. Es que muerto Bergman, murió también una mirada única sobre la vida, que probablemente nunca se repita.>