El denominado radicalismo "K" presentó en un acto público la candidatura a vicepresidente de Julio Cobos. El lanzamiento contó con la presencia de la mayoría de la dirigencia de esa línea política. Abundaron discursos a favor de la estrategia oficialista y se deslizaron algunas opiniones críticas a la conducción oficial de la UCR.
Los cronistas presentes en la reunión registraron la ausencia de dirigentes de primer nivel del peronismo kirchnerista. A partir de este hecho, hay especulaciones acerca de que, para el oficialismo, esta candidatura a vicepresidente no interesa demasiado. Si algún dirigente "K" alentó la ilusión de una fórmula con capacidad de decisión política compartida, la realidad parecería señalar que las iniciativas importantes estarán concentradas en el núcleo duro del oficialismo.>
Es probable que a esta conclusión ya la hayan asimilado los principales dirigentes radicales. Más allá de las retóricas ideológicas y justificatorias, parecería que el acuerdo se hace sobre la base de un descarnado realismo: los gobernadores radicales recibirían un trato más o menos benigno por parte del poder central, pero a la hora de definir las estrategias de política nacional su participación sería más decorativa que sustancial; no muy diferente a la que mantiene Daniel Scioli con Néstor Kirchner.>
Contemplada las relaciones desde esa perspectiva instrumentalista, el acuerdo, entre radicales y kirchneristas, se parece más a un contrato de adhesión con algunos compromisos tácticos, que a un frente electoral integrado por fuerzas políticas con capacidad de elaborar estrategias comunes de poder.>
Es muy probable que los radicales "K" ya se hayan hecho cargo de los límites y los riesgos de este acuerdo. En todo caso, su objetivo de máxima parece ser el control de su base territorial. Un control que realizan sin desdibujar su identidad partidaria y, por lo tanto, si en algún momento, en el poder nacional se produce alguna crisis o ya no es más conveniente sostener los acuerdos porque se ha planteado la posibilidad de construir un nuevo escenario político, retornarían a las fuentes de su poder local a la espera de futuros acuerdos más ventajosos.>
Quizá este sea el nuevo signo de los tiempos en materia de acuerdos interpartidarios. Sin embargo, hay que destacar que estamos ante una práctica manipuladora de los imaginarios sociales, facilitada por el ordenamiento jurídico actual que concentra los recursos financieros en el poder central.>
Asumiendo la crisis de identidad de los partidos políticos, habría que preguntarse si estas estrategias acuerdistas son una respuesta transitoria a situaciones de emergencia; o si, por el contrario, dan cuenta de un estilo de construir poder, despojado de aquellas consideraciones que hacían de la política algo más interesante que la manipulación descarnada y la presión financiera a gobernadores dispuestos a ceder a ella, sin ofrecer demasiada resistencia.>