Al margen de la crónica
El elogio del ocio

Tapados hasta el cuello, perdidos entre frazadas y cubrecamas tibias. Los ojos apenas se entreabren y reparan en lo que el cuerpo y el alma anticipan será una verdadera tragedia: nublado, muy gris el cielo, llueve, hace mucho frío.

La ventana deja ver unas escuetas copas de árboles que se mueven al ritmo de un viento seguramente helado. En invierno la oscuridad le gana horas a la mañana. En ese preciso instante se genera una tensión sin solución, una contradicción sin síntesis, la lucha irresoluble entre la obligación y el más genuino deseo: íla búsqueda del placer!... Es decir: íqué ganas de quedarse a dormir!>

El brazo hace un esfuerzo grandioso: se mueve, busca la salida entre las sábanas y logra acallar el maldito despertador. Mientras tanto, nuestra profusa imaginación elucubra argumentos para evitar lo peor: destaparnos, sentarnos, pisar el suelo frío y salir de la cama.>

En el medio de esta lucha insalvable, apelamos a distintos recursos: llamar al jefe y avisar que "estamos engripados, como muchos en esta época" (argumento atinado); o mejor decimos que "un familiar está enfermo" (argumento plausible). "Se rompió el auto", el "colectivo se demoró como nunca" o "el taxi no vino" (argumentos precarios) son otras de las razones que pasan por nuestra cabeza adormecida.>

No, con estas inverosímiles ideas no lograremos nada. Para darle entidad legal al deseo de quedarse en la cama, los interesados deberían fundar -sin perder demasiado tiempo- el movimiento Tofo/fin-Cursiva>: "Todos a favor del ocio".>

Y entonces sí, con personería jurídica en la mano, podría escribirse el decálogo de principios y derechos "inalienables, innegociables e irrenunciables" del ocioso invernal. El primero de ellos seguramente comenzaría con una obviedad, con la verdad más verdadera, con la redundancia más redundante: En invierno sólo invernarás.>

Sonó el despertador. Ufa!.>