Él no sabía qué pasaba. Sabía que algo pasaba. No qué. Pero pasaba. Algo. Lo sabía. Trataba de entender qué. Inútilmente. Qué es lo que sucedía. Quería saber. En su interior. Con su cabeza. Qué era. Qué. Qué. Qué pérdida de la inteligencia. Quería saber. Qué estupidez súbita. Qué imposibilidad de concentración lo asaltaba. Se lo preguntaba. Frente al espejo. Al mirarse en una vitrina. Antes de dormir. Después. Al despertarse. Al beber por la noche. Se preguntaba. Y repasaba sus rutinas de misántropo. De solo por elección. Del solo de toda soledad. A la mañana, temprano, antes, estudiaba. Leía. Escribía. Pensaba. Aprendía. Al alba, su mente estallaba. De lucidez. De potencia. De sensibilidad. Hasta hace poco. Entonces sucedió. La pérdida. La debacle. La desesperación. Sucedió. Se sentaba. Él. El mate a la derecha. Él. La máquina encendida. De frente. Él. La lámpara moldeable, a la izquierda. Rovira o Buarque o Mozart o García para matizar el silencio. Lo cercaban los papeles. Los compromisos. Lo urgían. Lo amenazaban. Él esperaba. Nada sucedía. Al abrir los volúmenes. Nada. Al intentar un ensayo. Nada. Al escribir las sinopsis. Las crónicas. Nada sucedía. Nada. Nada. Qué sucedía. Quería saber. Nada. Qué sucedía. Nada. Nada sucedía. No podía. Entender. Aprehender. Disfrutar. Leer. Escuchar. Escribir. No podía escribir. Una oración. Una oración completa. Nunca llegaba el sustantivo al verbo. Nunca el sujeto alcanzaba el predicado. No se escuchaba. No se hallaba. Antes sí. En los libros. En las músicas. Ahora no. Espantado, salía a la calle. Y, afuera, regresaba su voz. Pensaba. Pensaba. Escrutaba el orden de las cosas. Volvía. Su voz. Eso era su vida. Y darle nombre. Y ponerle palabras. Al sonido que escuchaba. Pero ahora no escuchaba. Pensó, entonces. En enfermedad. Temió. La vejez. Temió. El estrés. Durmió más. No era eso. Al contrario. Se alimentó mejor. No era eso. Al contrario. Eliminó los vicios. No era eso. Al contrario. Entonces, esperó. Un día. Dos. Tres. Esperó. Esperó. Esperó. Esperó más. Más. Más. Todo cambió una mañana helada. De súbito todo cambió. Todo cambió. Todo. De súbito. Una mañana. Pareció desvanecerse una costra crecida sobre él. Una capa sorda. Cayó. Una pared entre él y sus textos. Se desvaneció. Se sorprendió. La causa era, acaso, la más estúpida: la electricidad. La electricidad que se había cortado. La electricidad que, cortada, lo devolvía a su yo. Lo regresaba de su sordera. A sus silencios. Lo regresaba. A su eco interno. Sin computadoras. Sin lavarropas. Ni timbres. Ni teléfonos. Ni microondas. Ni celulares. Ni alarmas. Ni mensajes. El ruido, insoportable. Imperceptible por costumbre. Desapareció. El ruido infame. Se fue. Escuchó de nuevo. Entonces. Observó. Los motores quietos. Sintió. Colapsar los circuitos. Apagarse las conexiones. Observó su mano. Un papel. La luz solar, entrar por el este. Respiró. El silencio. Respiró. La calma. Su voz interna comenzó a dictar. Entonces. Diáfana.