Al margen de la crónica...
Esquivando charcos

Como todos los fines de semana, caminar por la Recoleta santafesina a primera hora de la mañana resulta una especie de safari urbano, en el que sacar los ojos de la vereda es garantía de acabar embadurnado en un muladar de alcoholes y jugos gástricos.

La concentración de quioscos, boliches y pubs bailables en esa zona céntrica hace que miles de jóvenes circulen por las inmediaciones, en el clásico ritual de los viernes, sábados y domingos, hasta que el último colectivo o taxi los deposita en sus domicilios, bien entrada la mañana.>

La noche es de ellos. Durante la madrugada nadie los controla, nadie los juzga, nadie los cuida.>

Entonces la fiesta deviene en mareos, risas desbocadas y miradas perdidas de cuerpos que terminan tirados en el zócalo de cualquier puerta, en un banco o el cordón de la vereda.>

Con una granada a punto de explotar en la cabeza y un lanzallamas en la garganta, vacían sus estómagos antes de llegar a casa, sin fijarse dónde, sin conciencia. Los excesos dejan su marca en el piso, que los encargados de edificios empujan hacia la calle con potentes mangueras, frunciendo la cara por el asco.>

Pasa lo mismo con ventanas, puertas y paredes orinadas, que el primer resplandor de la mañana transforma en un vaho insoportable. Menos molesto es el ruido a botellas, que casi siempre terminan en vidrios rotos esparcidos en la calle.>

Los chicos son los dueños de la repugnancia con la que se despiertan los vecinos. El asco que provocan los sindican como culpables, pero nadie se pregunta quién les vende, quién controla, quién los espera.>

Esta mañana una chica de no más de 16 años lloraba en una esquina del centro. Estaba junto con el que parecía ser su novio, tal vez su amigo, su hermano. El pibe no era más grande que ella y tenía la cabeza inclinada. De sus labios pendía un hilo de baba que brillaba con el sol. A su lado había un charco marrón que, después de saltar al chico, todos esquivaban.>