Sudán es el país más grande de África y probablemente el más sufrido, un dato significativo en un continente donde la calidad de vida de la inmensa mayoría de la población es lastimosa. Desde 1983, para dar una fecha convencional, Sudán sufre las consecuencias de una guerra civil que en los últimos años ha derivado en un verdadero genocidio.
Las cifras en ese sentido son elocuentes: un millón de muertos y más de tres millones de exiliados, una palabra elegante, si se quiere, para designar el desplazamiento en masa de grandes contingentes de pobladores que se instalan en los campamentos de refugiados levantados en Chad. En el camino -transformado en un verdadero Vía Crucis- los niños y las mujeres mueren como moscas, asediados por el hambre, la sed y las guerrillas musulmanas sostenidas por el gobierno de Omar al Bashir y financiadas generosamente por el régimen de Irán encargado de proveer armas, asesores militares y dinero a los cruzados de Alá.>
En los últimos cinco años, Sudán ha adquirido renombre internacional por la crisis de Darfur, una región ubicada al oeste, poblada por tribus sedentarias víctimas de los ejércitos musulmanes y de su grupo armado más temible, los Janjaweed, quienes operan respaldados por el gobierno de Jartum, un dato más que evidente, más allá de que, por razones de Estado, Al Bashir declara que las tropas Janjaweed son independientes.>
La realidad suele ser lo suficientemente compleja como para pretender encerrarla en los límites la nota de un diario, pero como para entender básicamente lo que allí está sucediendo digamos que en principio la guerra entre el norte y el sur es la guerra entre el integrismo musulmán que controla el gobierno y cuenta con el respaldo de las más importantes dictaduras musulmanas del Golfo, y las tribus negras, cristianas y animistas del sur que se resisten a ser aniquiladas por los seguidores de Alá.>
Los motivos de esta guerra trascienden por supuesto la cuestión religiosa. Los jefes musulmanes aspiran a conquistar las fértiles tierras del sur para destinarlas a cultivos o la explotación petrolera. El norte no siempre fue árido, pero luego de la explotación irracional de los agricultores árabes se ha transformado en un verdadero páramo, motivo por el cual lo mejor que se les ha ocurrido fue avanzar sobre el sur y el oeste con el objetivo de conquistar nuevos territorios y de paso imponer su religión.>
Dos guerrillas resisten al integrismo musulmán: el Ejército Popular de Liberación de Sudán, secular y dirigido por John Garang, un líder cristiano que en algún momento fue apoyado por Estados Unidos, y la Alianza Democrática Nacional que coordina a la mayoría de los grupos resistentes. Estas dos facciones -hay más, pero estas son las principales- mantienen entre ellas diferencias que en algún momento se han llegado a expresar a través de las armas.>
En principio, carecen de posibilidades de tomar el poder y el objetivo de dividir el país desde el sur por ahora carece de consenso y de viabilidad militar. El peso político de estas guerrillas no se conoce con exactitud, pero su existencia constituyen un excelente pretexto para que el régimen de Jartum aliente por vía legal e ilegal las represalias más duras.>
Recordemos que Sudán está integrado por unas 25 etnias y alrededor de 600 grupos subétnicos. La pobreza escandalosa, el atraso en todos los niveles transforma a sus habitantes en víctimas indefensas de los ejércitos musulmanes cuyos operativos civilizatorios incluyen violación de mujeres, sacrificio de niños y ancianos y expulsión en masa a los territorios vecinos.>
Desde el punto de vista estratégico, Sudán interesa a las dictaduras musulmanas porque es un puente entre el mar Rojo y África Central. El control del Nilo también depende de Sudán, un tema en el que Egipto está muy interesado con independencia de que precisamente el régimen liderado por Mubarak cuenta con miles de refugiados sudaneses.>
Las Naciones Unidas ha tomado cartas en el asunto, pero a decir verdad su intervención no ha logrado hasta ahora ningún resultado importante. Los burócratas de la ONU no están muy entusiasmados en declarar que en Sudán se está perpetrando un genocidio, porque ello los obligaría a auspiciar un tipo de intervención que no sería del agrado de las dictaduras musulmanas que suelen tener muy buena prensa y muy buenos mecanismos de poder en el interior de la ONU.>
Por ahora, se alienta a que sea la Unión Africana la que intervenga, aunque a nadie se le escapa que esta institución carece de medios y recursos humanos como para poner orden en un país de más de cuarenta millones de habitantes y en donde la guerra civil es un dato real desde hace, por lo menos, más de veinte años.>
Amnistía Internacional, y las principales instituciones de derechos humanos, han denunciado los atropellos cometidos por el gobierno de Al Bashir y sus milicias paraestatales, pero a juzgar por los resultados las palabras no parecen haber sensibilizado a nadie. Sacerdotes y pastores cristianos han viajado a Europa para expresar a sus autoridades religiosas la gravedad del asunto, pero hasta la fecha lo único que han arrancado son palabras de condena, muy meritorias pero que a esta altura de los hechos son insuficientes.>
Más allá de los desenlaces posibles de esta tragedia, lo que queda claro es que estos operativos de barbarie alentados por las autoridades de Jartum, esta vez no disponen como coartada moral la guerra a los judíos o al imperialismo satánico, por el contrario, ahora las víctimas son tribus indefensas cuyas vidas no parecen despertar la solidaridad de los mismos que en otras circunstancias siempre están dispuestos a movilizarse en contra del imperialismo yanqui y de su aliado sionista.>
Rogelio Alaniz