Está arraigada entre los santafesinos la resignación de vivir en una ciudad cada día mas sucia y decadente. Y al habitual panorama de calles rotas, tránsito caótico y basura por doquier, se reproducen a gran velocidad las pintadas en cualquier lugar que permita un toque de aerosol.
Y en esto la culpa es compartida entre las autoridades de turno, los restantes partidos políticos y todos aquellos inadaptados que deciden popularizar su primitivo arte callejero.>
No hay plaza que no registre algún grafiti ni pared en barrio alguno que se salve de la agresión colorida.>
Por estos días a la habitual cantidad de murales publicitarios, se han sumado las pintadas y pegatinas partidarias.>
A través de los medios de comunicación los vecinos, con impotencia, relatan el calvario que día tras día atraviesan al entablar una guerra sin fin entre ellos, que blanquean sus muros exteriores y los "artistas politizados" que invitan a votar a determinado candidato, sobre el recién estrenado blanco.>
Y en esto hay que recordar que, si bien antes de cada elección y como está establecido por ordenanza, los candidatos juran que van a dejar limpios los espacios violentados por sus pintadas, la realidad se encarga de mostrar viejas leyendas de añejas elecciones.>
Es que, terminada la contienda, cada partido se enfrasca en reacomodar sus intereses y rearmar sus huestes y cada ex candidato, en buscar un futuro lugar bajo en sol. Y como es costumbre, nadie cumple con lo prometido -y obligatorio- y los ciudadanos se resignan a incorporar a las pintadas, como una parte más del paisaje urbano.>
La falta de normas de conducta entre muchos de estos personajes que ambicionan un espacio en la función pública, llega a ser de tal magnitud que ni siquiera respetan a sus colegas que buscan formas menos agresivas de promoción. Tal es el caso de aquellos que deciden venderse desde carteles móviles colocados en los lugares correctos: sus adversarios se encargan de garabatear agravios sobre las fotos o slogans.>
Mientras tanto esta urbe alicaída, asimila impotente y resignadamente, cómo el lugar de todos es violado, sobre todo, por aquellos que se proponen para la transformación o el cambio.>