El confuso panorama del rock santafesino de fines de los ochenta e inicios de los noventa tuvo un principio de explosión, novedad y originalidad que a la postre pasó como un destello. Sus ecos, sin embargo, persisten hasta el día de hoy. La irrupción de Carneviva, entre el 90 y el 91, fue impresionante. Por primera vez, pensábamos muchos, una agrupación local conseguía movilizar a las personas a fuerza de letras entre provocativas e inclasificables, un potente sonido rockero y puestas escénicas siempre arriesgadas. Pasó rapidísimo o, más bien, la consagración nunca llegó.
Gustavo Angelini era, en esos años, un carismático frontman de voz privilegiada y un letrista más que interesante, que trascendía cómodamente los tópicos de la lírica rockera, tan tristemente obvios (y en los que todavía se hunden, por caso, los representantes del denominado rock stone o rock chabón). Sus compañeros de ruta -Daniel Ferronato (guitarra), Lucio Venturini (batería, percusión y coros) y Mario Alfageme (bajo y coros)- aunque no virtuosos de sus instrumentos, formaban un ajustado tándem que despertaba, en los albores del "menemato", fieles seguidores, rotación continua en las FM�s y asistencia masiva a sus shows, festivales y peñas. Con todo, este periodista entiende que la clave del caso fue, concretamente, la originalidad en estética y sonido que proponía la banda. Eran "distintos" y, en algún punto, todos esperaban (esperábamos) cosas importantes de ellos.>
El tráfico de grabaciones piratas y truchas tuvo su primer fin con dos casetes originales, lanzados poco antes de la irrupción del CD: "En Carneviva" (1990) y "En el límite de la piel" (91). Esta última es, acaso, la mejor grabación de la banda. Contenía algunos de sus mejores temas, en versiones potentes, hipnóticas y crudas: valga mencionar los casos de "Stop en la colmena", "Aún no vine", "El se acostó", "Alto verde" y otros.>
El lanzamiento de su primer CD se demoró más de lo previsto, y cuando llegó, en el 92, muchos coincidieron en un juicio común que puede exponerse así: la torpeza de productores y adláteres de las compañías discográficas forjó un producto menos rockero que lo esperado, incluso hasta lánguido, en el cual se "lavaron" algunos de los mejores aspectos de lo que fue Carneviva como agrupación (por ejemplo, haciendo retroceder las guitarras, a costa de una insólita incorporación de teclados). Así, "Curtido" (1992) no tuvo la repercusión esperada y su potencial "explosión" se diluyó como entre las manos. Las versiones de "El alma del vino" (escrito a partir del poema homónimo de Baudelaire), "Caballos", "Canto indio" y "Consumidores de criaderos", más los otros hits mencionados del grupo, yacían en versiones difíciles de identificar.>
Luego todo se desbarrancó o se suspendió. Angelini se fue a Buenos Aires; Venturini a Brasil y el resto se repartió en proyectos diversos. Esporádicos regresos en 2000 y en 2002 tuvieron el sabor de lo nostalgioso y acaso el reencuentro de muchos seguidores con una propuesta estética que fue y sigue siendo interesante. La edición de "Hígado de bronce" (2003) pareció devolver la agrupación a las tablas pero, una vez más, una oscilante administración o la falta de un espíritu conciliador u organizador abortaron la carrera.>
Dicho esto, la extendida sensación del pudo haber sido trasunta y atraviesa, al menos para este periodista, la historia de Carneviva. Diecisiete años después, el cuarteto retorna. Según el dicho popular nunca es tarde y, además, quién podría cuestionar o sojuzgar lo hecho o dejado de hacer; o sopesar las cientos de miles de causas que se escapan del conocimiento de quien escribe. Si hubiésemos de elegir un momento de sus vidas artísticas, ese momento fue 1990 y, sobre todo, 1991; en un futuro, acaso agreguemos, a éstos, el 2007. �Será posible?>